¡Abajo México! ¡Abajo la Revolución!

¡Abajo México! ¡Abajo la Revolución!
Le voy a decir lo que siento con los festejos del Centenario de la Revolución mexicana: tristeza, rabia, decepción, frustración.
¿Por qué? No, no es porque hubiera esperado algo igual o superior a los festejos del Bicentenario de la Independencia, sino por todas las cosas que estuve viendo, leyendo y escuchando en los últimos días.
Ahora resulta que la Revolución no sirvió para nada, que la mayoría de nuestros héroes eran oportunistas o asesinos, y que el grueso de la gente que estuvo ahí ni siquiera sabía lo que estaba haciendo.
Según esto, los muralistas pintaban horrible, los novelistas eran un tanto mediocres y nada de lo que se desprendió de la Revolución, a nivel artístico, vale la pena.
Nuestros campesinos siguen igual de jodidos, nuestros obreros continúan trabajando en malas condiciones, nuestros niños están igual de ignorantes y aquello sólo fue un espectáculo de sangre.
Seguramente usted también lo ha oído o lo ha leído. La Revolución mexicana fue algo así como una pérdida de tiempo, la antesala de “la dictadura perfecta”, un paquete de movimientos que sólo benefició a unos cuantos.
Conmemorar el Centenario de la Revolución es un error, sentir cariño por Zapata, Carranza o Villa es una manifestación de ignorancia, y cualquier cosa que se diga tiene un transfondo político.
Si estás contra la Revolución, eres panista. Si estás a favor, quieres que regrese el PRI. Y si te gustó cómo quedó el Monumento que está en la Ciudad de México, apoyas a Marcelo Ebrard para el 2012. ¿No se puede, simplemente, opinar?
Yo me siento muy mal con todo esto porque fui un niño que creció en escuelas públicas haciéndole homenajes a la Revolución mexicana.
Durante años me la pasé aprendiendo las biografías de estos señores, reconociendo sus aportaciones, memorizando artículos de la Constitución y participando en desfiles y concursos de oratoria.
¡Y ahora me dicen que todo eso fue una estupidez! Que las historias que me contaba mi abuelo eran tonterías. Que lo que me enseñaron estaba mal. Y que más me hubiera valido aprender otras cosas.
¡Perfecto! ¿Qué hago ahora con todo este vacío? ¿Cómo le voy a hacer para recuperar mi infancia perdida? ¿En qué voy a creer? ¿A quién voy a admirar?
Sí, es maravilloso desmitificar la historia, pero una cosa es desmitificarla y otra, destruirla.
Ya no podemos hablar bien de lo que a muchos nos enseñaron como “novela de la Revolución”, ya no podemos admirar la obras de Diego Rivera, ya no podemos gozar con las películas del Indio Fernández.
Todo está mal, todo era chafa, todo estaba contaminado por una ideología enferma. ¡Abajo México! ¡Abajo la Revolución!
¿No puede ser que algo haya estado medianamente bien? ¿No es posible que algo ligeramente positivo se haya desprendido de aquellas luchas?
En ese afán de muchos comunicadores por demostrar su superioridad y de muchas de nuestras autoridades por imponer su ideología, están acabando con nuestras raíces, están aniquilando nuestro orgullo nacional.
Antes estábamos mal, pero al menos podíamos decir que nos sentíamos orgullosos de ser mexicanos porque había cosas buenas en nuestro país, porque un montón de gente había luchado por nosotros.
Ahora estamos mal, el país es un asco y nuestros antepasados eran una ristra de ignorantes y corruptos que contribuyeron al hundimiento colectivo. ¡Gracias!
¿No podríamos volver a creer en algo? ¿No podríamos volver a encontrar la grandeza en alguien?
Si este país siguen en pie, es porque algo bueno lo sostiene. ¿Cuándo lo vamos a reconocer? ¿Cuándo le vemos a poner nombre y apellido?
México necesita recuperar su imaginario colectivo si aspira a tener un futuro, y la mayor parte de las cosas que se han dicho de la Revolución mexicana, en lugar de alimentarlo, lo desintegra.
Sí, es muy divertido hablar mal de la historia y de los héroes, ¿pero a quiénes vamos a poner en su lugar? ¿Por qué en otros países, cuando hay fiestas nacionales, la información que circula carece de este tono rencoroso y destructivo?
La Revolución mexicana no fue perfecta, pero a muchas generaciones nos hizo soñar, nos llenó de orgullo, nos hizo creer. ¿En qué sueñan los niños de hoy? ¿De qué se sienten orgullosos? ¿En qué creen?
Piénselo porque ése será el espíritu del México del futuro. ¿A poco no?

Alvaro Cueva/mileniodiario

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