Ahora mismo, a pesar de todo, un poco de esperanza

Ahora mismo, a pesar de todo, un poco de esperanza
La guadaña by Bóligan
La seguridad es ya la principal preocupación de los mexicanos. En tiempos pasados nos intranquilizaba y nos agobiaba el tema económico (la gente lo ha olvidado pero en estos pagos hemos tenido presidentes abrumadoramente nefastos junto a los cuales Felipe Calderón, más allá de sus posibles torpezas y defectos, viene siendo un alumno muy aventajado en la escuelita de Los Pinos). Hoy, nos aterra la posibilidad de ser secuestrados y vivimos, además, en un permanente estado de alerta para no ser robados, atracados o asaltados, sea esto en la calle, en la casa, en el coche, en el autobús, en el Metro, en el restaurante y, faltaría más, en la misa de los domingos.
Ahora bien, con la policía y el pavoroso sistema de justicia que tenemos lo sorprendente no es que debamos sujetar bien la billetera cuando andamos por el parque sino que México siga siendo, después de todo, un lugar bastante habitable en términos generales. Decir esto no es del gusto de los lectores pero no deja de ser una realidad comprobable: si el porcentaje de los delitos que son aclarados, y castigados, es mínimo (estamos hablando de una auténtica vergüenza nacional porque la cifra no pasa de cinco por cada cien, o algo así), entonces deberíamos de estarnos matando y robando todo el tiempo. De veras. La perspectiva de la impunidad debiera incitarnos a cometer delitos a diestra y siniestra. Y, miren ustedes, no lo hacemos o, en todo caso, matamos menos que en Centroamérica y que en Brasil (por cierto, si algo se le puede reprochar al Gobierno de Calderón es que no haya sabido contrarrestar, de alguna manera, la mala imagen que resulta de la famosa guerra contra el crimen organizado siendo que, en términos de delincuencia común, Brasil está peor que México. O, acaso ¿lo que realmente importa a los inversionistas del exterior, y a los mercados, es la posibilidad de participar como socios en Petrobras y lo otro —los índices de homicidios en las favelas de Rio de Janeiro o los atracos en las calles de San Pablo— les preocupa mucho menos? De ser el caso, la receta para ponernos de moda y ganar popularidad internacional ya la tenemos a la mano: hay que permitir la inversión de particulares en Pemex) pero nuestra “marca-país” es menos buena. Y, al mismo tiempo, nosotros mismos estamos empantanados en un asfixiante círculo de autodenigraciones, pesimismo y negatividad.
Deberíamos, de cualquier manera, repetirnos la gran pregunta: ¿cómo es que, a pesar de que las condiciones son escandalosamente propicias para la delincuencia, no todo es delincuencia en este país? Es importante plantearnos esta interrogante porque nos puede llevar, creo yo, a una inesperada constatación en un momento de gran desánimo nacional: los mexicanos —así de corruptos y de rateros como sabemos que somos— mantenemos todavía el barco a flote. Lo repito, a muchos lectores de este diario —o, en todo caso— a los que escriben en los foros de la edición en línea, la mera idea de reconocer un solo aspecto positivo en el paisaje propio les llena de rabia. Pero la realidad de un país que es una auténtica potencia industrial, que exporta miles de millones de dólares a la primera economía del planeta, que mantiene museos y orquestas sinfónicas de primer nivel, que ha mejorado sustancialmente sus instituciones y que ya no padece las crisis económicas de los tiempos pasados, esa realidad ¿no puede ser también atribuida a los mexicanos en su conjunto y no puede, al mismo tiempo, significar un poco de esperanza? ¿No serán esos mismos mexicanos quienes, habiendo renunciando voluntariamente – y de manera mayoritaria— a la violencia, llevarán al país a buen puerto? ¿No se puede ya creer en un futuro sin sicarios y sinzetas y sin ejecuciones siendo que, encima, la tarea ya se está llevando a cabo? ¿El número de asesinos es acaso infinito? Si somos ahora menos pobres que hace 20 años ¿no podemos pensar que habrá menos pobreza dentro de diez años?
Estas interrogantes no le sirven de nada a mucha gente: Mario Robles Gil, un oftalmólogo de Colima muy querido en su comunidad, fue asesinado, en su casa, por tres policías estatales. Alejo Garza ni siquiera pensó en llamar a la policía de Tamaulipas para denunciar a los narcos que lo amenazaban: él mismo, un hombre de 77 años, mató a cuatro e hirió a tres antes de caer. Los jóvenes no encuentran empleos y reciben salarios de miseria. Millones de mexicanos viven en una pobreza indigna e indignante. Y, sí, podría seguir enumerando interminablemente las calamidades de este país. Lo que pasa es que, a veces, quiero pensar que México es algo más que sus desgracias.

Roman Revueltas Retes/mileniodiario

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