Antología de días sucios

Antología de días sucios
Si se registra un día más con 100 o menos puntos del Índice Metropolitano de Calidad de Aire (Imeca), este será el año más limpio que ha vivido la ciudad de México en los últimos 22. Para celebrar, va esta breve antología de textos que permitirá ver cómo algunos escritores han representado el asunto en los momentos más álgidos del problema:
“Una grisácea nube de contaminación cubre el valle de México la mayor parte de los días del año. Como la ciudad está rodeada por montañas, la inversión térmica con frecuencia atrapa la contaminación dentro de la cuenca urbana, al tiempo que la luz solar y la poca densidad del aire generan un smog fotoquímico especialmente nocivo. Diariamente se lanzan a la atmósfera alrededor 11,000 toneladas de metales, sustancias químicas, bacterias y polvo que oscurecen el aire antes de volver a la tierra, en ocasiones, en forma de ‘lluvia ácida’. Los visitantes se quejan de que les arden los ojos, les duele la garganta, o cavilan nerviosamente sobre las innumerables sustancias que están inhalando. Sin embargo, los habitantes han llegado a aceptar la contaminación del aire como un rasgo inevitable de la vida en la ciudad”.
Allan Riding, Vecinos Distantes, 1985.
“En los años ochenta la estructura del Hotel de México sirvió para medir los niveles de contaminación del aire de la ciudad: mientras se pudiera ver, no había peligro de caer fulminado sobre el pavimento. Poco a poco su silueta se ha diluido en la niebla”.
Fabrizio Mejía, “Insurgentes en días lluviosos”, Pequeños actos de desobediencia civil, 1996.
“El centro, que fuera ombligo del Nuevo Mundo alguna vez, del país, de la ciudad, ahora resulta —poco a poco abandonado por los ricos y los poderosos— una abigarrada mezcla de nacos desesperados y burócratas enmarcados por una escenografía de polvo, smog concentrado, atroz calor seco (reverberante en densas y largas costras de carrocerías)”.
José Joaquín Blanco, “Calle San Juan de Letrán”, Función de medianoche, 1981.
“Ese aire pesado, irrespirable, ese smog anterior al smog, denso y cerrado, refiere la inexistencia del cielo y del infierno”.
Carlos Monsiváis, Días de Guardar, 1971.
Y para finalizar, está esta novela situada en el año 2029, donde se supone que hace cinco lustros una materia poluta cubre la ciudad de México y no deja pasar la luz del sol, una profecía apocalíptica que, hay días, parece que va a cumplirse.
“La Ciudad Alta había nacido después de la hiperinversión térmica de 2003. Al principio, se le llamó así a los escasos edificios cuyos pisos más altos habían quedado por encima de la horrorosa LIMEMES (Línea metropolitana de medición del smog). Más tarde se edificaron torres elevadísimas con todos los adelantos antisísmicos diseñados ex profeso en cuyos pisos altos vivía la gente decente y en los bajos el personal de servicio. Las dos secciones estaban estrictamente separadas en lo interior por aduanas muy estrictas, y en lo exterior por unas cornisas de diez neometros de largo para disuadir a cualquier alpinista aventurado”.
Guillermo Sheridan, El dedo de Oro, 1996

Guillermo Osorno/eluniversal.com.mx

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