Contra las huellas

Contra las huellas
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El montón de basuras que genera un país ha sido un índice de su desarrollo. Cuánto más rica es la sociedad más tira. Cuanto mayor es la ganancia mayor es el desperdicio.
Esta ecuación que ha regido toda la historia de la Humanidad se corrige ahora por el obsesionante interés en hacer desaparecer los deshechos. Las sociedades más atrasadas serían aquellas a las que se les notara más los desperdicios puesto que las avanzadas habrían adelantado más en las técnicas de reciclaje o de degradación orgánica.
Concretamente, los nuevos productos biodegradables constituyen el último grito en la modernización bioquímica. No debe haber un más allá de la cosa o de su delator envoltorio sino que tanto una como otro deben dirigirse hacia la desaparición. Una desaparición biodegradable del propio objeto. O lo que sería lo mismo: desintegración objetos que poseen en su interior una bomba existencial al revés. No una bomba energética que le habría procurado vida antes sino una nueva bomba cuya energía opera para transformar la existencia en nada.
Ejemplarmente, respondiendo a las reglas de la nueva ética dirigida a desaparecer, la revista de publicidad Crative Review del Reino Unido utiliza un producto para envolverla llamado “Harmless Dissolve” (“Desintegración Inofensiva”) que tiene nada menos el efecto de acabar definitivamente con la cosa.
Acabar definitivamente con ella y desde su interior de modo que si bien ese plástico puede disolverse por completo en agua a 60 grados, también podría desvanecerse echándola a la basura y ponerse en contacto con los demás productos orgánicos del mismo recipiente que ya se dirigen a la putrefacción.
Estos envoltorios de tanta vocación por hacerse nada se producen  a partir precisamente de fuentes sostenibles y renovables, fuentes eternas, sin muerte ni  fin, como son hoy el maíz y el almidón de patata.
La exigencia pues de terminar con las bolsas de plástico, la satanización del material no degradable, la plástica asociación de miles de bolsas llenando  los panoramas callejeros del tercer mundo, convierte la tarea en una moderna cruzada contra el mal. El mal de la contaminación pero en el fondo el mal de una desdichada civilización que hizo del polivilino y el pliuteyano y el PVC la enseña criminal de su progreso. Batalla pues contra el progreso vivido.  Batalla, en general, contra las huellas de lo que se adquiere, se consume y hasta se expulsa o se deshecha. El deshecho cambia así radicalmente de ser una señal de  superabundancia a traducirse en el índice de la miseria, la escasez, la superpobreza.

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