De la limpieza

De la limpieza
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La limpieza de la superficie es semejante al vacío que acoge el espacio tridimensional. Paralelamente, el plano halla su máxima faz en la limpieza separada de la ganga y el poliedro halla su alma primordial en el vacío completo. Sobre la faz más límpida vibra su luminosa potencialidad. A partir de esa plataforma nace su esencia atómica y mediante su palpitación puede edificarse la retórica abultada de la estatua. Sin ese vacío superficial la escultura deja de pertenecerse y deriva desde su base en una posible anfractuosidad que, aun invisible o mínima, entorpece el trazo.
Igualmente, sin vacío absoluto en la teoría todo deviene en conclusiones vacilantes Al punto de que el descubrimiento de la imposibilidad del vacío absoluto desploma las creencias y la crisis actual comportaría la consecuencia de haber perdido el orden de la transparencia.
Todos los órdenes afectados por la imperfección del vacío imperfecto, afeados por residuos de suciedad, acaban fragmentándose,  sustituyendo la totalidad por el caos y el sistema por el accidente.
De ahí que la pulcritud, tanto del vacío tridimensional como del plano  requieran llegar hasta su nivel cero. Aquello que en su desarrollo no conquistara la radicalidad del detritus cero sería cimiento ni morada fiables. Uno y otro se craquelarían en gravas  y arena.
Ser limpio de corazón es por tanto el tropo que alude a una personalidad cimentada en el honor y la ecuanimidad garantizada.  La limpieza en estos casos funda la altura de la construcción y la mantiene enhiesta. La firmeza del metal, la sagrada belleza de una bóveda anticipan la importancia de los elementos netos  y hacen, a su vez de su desnudo natural, en las piedras o en la carne el símbolo de la pervivencia.

¡Joder, que profundidad, que intensidad!………

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