El olor de las ingles

El olor de las ingles
¡Cómo echo de menos mis culpas! ¡Cuánto añoro mis errores! Creo que llevo una vida demasiado ordenada. Desde que tomé la decisión de aislarme, no hay en mi conciencia un solo remordimiento que no corra el riesgo de olvidar. Llevé mala vida hasta hace poco, pero, ¡ha pasado tanto tiempo desde entonces! ¡Cómo odio estar tan cerca de mi puto pijama!…  Me aburre la decencia. Conocí durante décadas el cansancio casi criminal del desarraigo y reconozco que temí reventar por su culpa, pero, ¡demonios!, ahora he descubierto que la felicidad consistía precisamente en aquello y echo de menos las interminables noches de caos, de desenfreno y de furia, cuando mis amigas lo que esperaban de mí no era que fuese su pareja, su porvenir o su tarjeta de visita, sino que se conformaban con que sólo fuese una disculpa a deshora, un error en su vida o una mancha en su cama.
No puedo entender que muchos consideren la moralidad una conquista cuando en realidad yo creo que se trata de una secuela de la cobardía, algo que te ocurre cuando ya eres incapaz de evitar que te suceda, igual que con la rutina de la bondad te sobreviene la sensatez, del mismo modo que condenamos los excesos de los muchachos sólo porque nosotros ya no somos capaces de la juvenil temeridad de cometerlos.
A veces repaso mi vida y reconozco que cometí graves errores que afectaron a mi equilibrio emocional y estuvieron a punto de volverme loco. Sufrí remordimientos por eso y aun a veces su recuerdo me altera el sueño.
Sin embargo, creo que aun resultando tan amarga, tan dura, tan amoral, aquella manera de vivir puso a prueba mi capacidad para comprender la naturaleza humana y sirvió para darme cuenta de que sólo se es joven en esos pocos años infecundos y dorados en los que un hombre ignora la importancia de las doctrinas, el valor de los símbolos y el precio de las cosas.
Era joven y tuve mis mejores sueños en las peores camas. Me carraspeaba en la garganta el olor de las ingles. Ahora llevo una vida más confortable y soy teóricamente más feliz. Pero no olvido que alguna vez, hace ya algún tiempo, tuve la inenarrable sensación de ser mucho más sensato gracias a la inmensa suerte de ser bastante menos razonable.

Jose Luis Alvite/larazon.es

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