En en ombligo de la diosa

En en ombligo de la diosa
¡Qué maravilla! Fuimos al centro de la ciudad, al ombligo mismo, al zócalo, a ver la exposición Moctezuma II, en el Museo del Templo Mayor.
En busca de los días del penúltimo emperador azteca, encontramos el presente como una luz de bengala. Los alrededores del Museo, el callejón desordenado y lleno de colores por el que uno cruza para llegar a la puerta, vale como trescientos museos. En cien metros, un paisaje de hombres y mujeres que venden cuanta cosa no se le pueda a uno ocurrir, que abigarran al mundo con el tesoro de sus voces, nos deslumbra. Lo mismo ofrecen bolsas bordadas en Chiapas, que collares, piedras, plumas, aretes. Todo entreverado con los puestos en que China se pronuncia con sus mil baratijas. Ahora había gorros tejidos y cestos de plástico para la ropa sucia o para los juguetes de los niños. Y cristal de ¡Murano! “En Venecia hay una isla que se llama Murano y de allá nos lo traen”, nos dice el vendedor más ilustrado e ilustrador que puede encontrarse. En cinco minutos nos vendió diez piedras y cuatrocientas ideas del mundo. Una se la sacó de la manga sin que viniera al caso, pero como siempre que uno habla de eso vino al caso. “Usted es una sobreviviente”, me dijo. “No lo había yo pensado así”. “Pues piénselo. Usted viene de un espermatozoide que ganó entre millones. ¿Se imagina los deseos que tendría de vivir?’
¿De dónde sale este hombre?, me pregunté. Con su puesto tendido en el suelo, con su sombrero y sus cavilaciones, junto a la catedral, en la boca misma del callejón, a un minuto de la Diosa de la luna. La madre de cien hijos y de uno. Hutizilopxtli, dios de la guerra. La leyenda del Espíritu Santo: una pluma volando hasta el vientre de su madre y preñándola para ira y vergüenza de sus cien hijos. Cien que deciden matarla porque ha manchado su honra. Cien a los que vence el dios que nada más nacer se vistió de guerrero y salió a matar a sus mismísimos hermanos. Cien que querían matarlos a él y a su madre.
Fantástica historia escrita en un cristal, junto a la piedra que hace a la diosa desmembrada, con las chichis viendo al suelo y la cabeza hacia atrás. Han de venir ustedes a ver esto. Ahí, mismo, junto a la historia y el cuento: la hermosa y vivísima realidad, el México del juego y la esperanza. Ni un muerto, ni una bala, ni una persecución. Todos belleza. Uno y otro y otros. Niños comiendo una nieve en la banqueta, junto a su hermana. Hombres con penachos que bailan porque en eso creen a ratos y porque de eso y de nuestra contemplación viven. ¿En dónde dormirán? ¿Qué programa de tele llegarán a ver? Porque todos estos mexicanos, vestidos de todo: los hay disfrazados con plumas y los hay con sus tenis y sus mezclillas agujereadas, vuelven a sus casas cargando la feria que no vendieron. Y se les ve contentos con la vida. Mexicanos. Nunca los había visto tan guapos como ahora que los veía acompañada por los ojos de Pilar Navarro, una mujer de lujo, española, que me llevó a sentirlos aunque las dos hayamos dicho que era yo quien a ella la llevaba. Mexicanos que andan ahí, divertidos de andar y de mirarse. No me caben en este cuento. Me caben dentro. Lo digo y me asombra: daría la vida por sus vidas. Yo que no los conozco, que soy hija de padres hijos de padres con poca sangre como la de la diosa desmembrada. No me siento, no me sé de ninguna otra parte. Soy de aquí. De esta mezcla. ¿Verdad Pilar?
Angeles Mastretta/elpais.es

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