La fiesta de las balas

La fiesta de las balas
Homero Aridjis
Si quisiéramos comparar algunas figuras de la Revolución con los capos de los cárteles de ahora, hallaríamos ciertas semejanzas. El primero que viene a la mente es Pancho Villa, quien, si viviera en la actualidad, tal vez sería narco. Asimismo, la matanza de 300 prisioneros perpetrada por el sádico villista Rodolfo Fierro —hasta que le dolió el dedo índice de tanto matar— descrita en La fiesta de las balas por Martín Luis Guzmán, en Memorias de Pancho Villa, bien podría compararse con las masacres que tienen lugar ahora en Chihuahua, el territorio del Centauro del Norte.
Unas preguntas se imponen: ¿Los más despiadados revolucionarios de entonces son los ancestros de los sicarios desalmados actuales? ¿O es que, como en tiempos de Zapata y Villa, la historia de México es la historia de la traición y la violencia es tan mexicana como la tortilla? ¿Es posible limpiar la imagen de próceres dudosos con actos oficiales y espectáculos costosos? ¿De qué justicia social habla el gobierno cuando habla de justicia social cien años después de una revolución social que la corrupción hizo antisocial? ¿No están los indios tarahumaras muriéndose de hambre y de frío en las montañas de Chihuahua como estaban muriéndose de hambre y de frío en tiempos de los latifundios? Desde que Zapata profirió su frase contundente: “Es mejor morir de pie que vivir toda una vida arrodillado”, ¿el mexicano no vive arrodillado ante políticos corruptos, empresarios corruptos y criminales de alma corrupta?
José Doroteo Arango Arámbula, nacido el 5 de junio de 1878 en Durango, y asesinado en Hidalgo del Parral, Chihuahua, el 20 de julio de 1923, luego de balacear al hacendado Agustín López Negrete para defender a su hermana Martina, de 12 años de edad, escapó a las montañas. Allá se integró a una pandilla de bandidos que asaltaba pueblos y robaba haciendas, y en 1910 se sumó al movimiento maderista convirtiéndose en el general Francisco Villa al constituirse la División del Norte, de la cual se quejaría el latifundista Luis Terrazas, diciendo que se financiaba con el saqueo de sus bienes. El Centauro del Norte, quien combatió no sólo a Venustiano Carranza y Álvaro Obregón, sino también a la familia Creel Terrazas, y tuvo la visión de rechazar sentarse en la silla presidencial cuando entró en la ciudad de México con Emiliano Zapata, El Caudillo del Sur, todavía es admirado por el pueblo por ser el único rebelde que ha osado invadir Estados Unidos, cuando el 9 de marzo de 1916, unos mil 500 hombres de su ejército atacaron Columbus, Nuevo México. Los 10 mil soldados que envió el presidente Woodrow Wilson en la expedición punitiva al mando del general Pershing (el comandante de las fuerzas estadounidenses durante la Primera Guerra Mundial), adentrándose en persecución de Villa en territorio mexicano unos 600 km, sin encontrarlo, inspiraron los alegres corridos que han sido cantados y escuchados desde entonces en plazas y estaciones de radio en los pueblos mexicanos, incluso en el mío, Contepec, Michoacán.
Para refrescar la memoria sobre el pícaro Pancho Villa, quien, según se dice, se casó por la ley 75 veces, allí están las fotos de los hermanos Casasola, los corridos revolucionarios, las crónicas orales y los libros México Insurgente de John Reed, el citado Memorias de Pancho Villa y Pancho Villa de Friederich Katz. Mal acomodado en la historia oficial, este guerrillero sin causa, si viviera hoy, sería celebrado en los narcorridos de Los Tigres del Norte.
Por las acciones de los últimos presidentes de la República, que muestran una voluntad de cancelar los logros de la Revolución Mexicana, algunos analistas han creído ver debajo de los bigotes revolucionarios de Emiliano Zapata, emerger los bigotes torcidos del general Porfirio Díaz. ¿Será por eso que en el show Yo, México, que ha montado la SEP con un costo de 270 millones de pesos, las figuras de Villa y Zapata son casi invisibles? ¿Es necesario gastar tanto dinero en imágenes efímeras en vez de emplearlo en escuelas para educar a los mal educados niños mexicanos, o en capacitar a los jóvenes ninis para que no se metan en el narcotráfico?
Emiliano Zapata fue muy claro en las palabras que le dijo al presidente de la República en el Palacio Nacional: “No, señor Madero. Yo me levanté en armas para conquistar tierras y haciendas. Yo me levanté en armas para que al pueblo de Morelos le sea devuelto lo que le fue robado. Entonces, pues, señor Madero, o nos cumple usted, a mí, al estado de Morelos lo que nos prometió, o a usted y a mí nos lleva la ching…”. ¿Adónde ha ido a parar la Revolución Mexicana después de cien años de falsas promesas y saqueos? Sabemos dónde están los presidentes y los corruptos, pero no dónde están los Zapata.
Va mi poema EMILIANO ZAPATA
Lo volvieron calle/Lo hicieron piedra/Lo volvieron tarjeta postal/Discurso de político/ Lo hicieron película/Ingenio azucarero/Lo volvieron bigote/Traje charro/Él ve nada/Oye nada

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