La negación del frio

La negación del frio
Me pregunto si cuando iniciamos pláticas con desconocidos en la ciudad de México tenemos que ser más creativos que en ciudades con climas extremos. En una ciudad en la que nieva seriamente o en la que el chispeo de lluvia y las nubes dominan —incluso el verano— el clima es la excusa perfecta para tantear temas que pueden usarse como puente de conversación. Todos los años, los habitantes de esas ciudades encuentran algún placer en especular en público si el clima del día denota ya el cambio, o profundización, de una estación. El clima es tema, el mínimo, pero siempre tema.
En la ciudad de México —me atrevo a generalizar— nuestras conversaciones sobre el clima son más quejas que especulaciones: “Es increíble el frío que hace”, “ya no aguanto el calor, estuve todo el día en el tráfico”. Sucede cada año. Pareciera, que sólo aceptamos que la temperatura es templada en promedio, y nos sorprendemos con esos momentos que se le alejan. Pensar en términos del promedio puede ser útil cuando vemos algo en retrospectiva, o como consuelo frente a un momento desagradable, pero al mismo tiempo aceptar el promedio —tal como las generalizaciones aquí hechas— implica cortar de tajo la riqueza de lo particular y lo distinto.
En el caso del frío, casi siempre me encuentro a mí mismo haciendo uso de la negación como método de abrigo. Me digo: “Si vivimos en el trópico (o muy cerca), si pagamos los costos de no estar tan lejos del ecuador, entonces, aquí, no puede hacer tanto frío. En todo caso lo que nos hace falta es expandir las hileras de palmeras de Av. Oaxaca, Dr. Vértiz, y Explanada para no tener duda de que nuestra vida es cuasi-tropical (¿Qué no es ese el objetivo del GDF al poner palmeras en el camellón del Viaducto?). Si no andamos para todos lados de shorts y faldas es por hábitos sociales —insisto— pero no porque el clima no nos lo permita”.
Salir sin suéter o chamarra en la tardes estos días, es un verdadera muestra de fe en nuestros poderes psíquicos. Todo indica que va a hacer frío, pero en la ciudad de México, si lo negamos, si creemos que no hace tanto frío, tal vez no se sienta. Sospecho que esta necia esperanza de cambiar el clima con puras ganas no es sólo mía. En más de una reunión o fiesta nocturna, el anfitrión aferrado al sueño tropical invita a amigas y amigos a que -abrigados por la negación- resistan convertirse en estalagmitas en jardines y patios.
La negación del frio
Un día, hace 43 años los habitantes de la ciudad no pudieron negar el frío. Las noches previas al 12 de enero de 1967 las lluvias habían sido tan intensas que las inundaciones rodeaban a la ciudad, y varias colonias de la delegación Gustavo A. Madero quedaron bajo el agua del Río de los Remedios (algo parecido sucedió el verano del 2010). A la una de la mañana del día 12, tras 30 años de espera, empezó la nevada. Duró entre dos y cuatro horas dependiendo de la zona, y cubrió a la ciudad con una capa de más o menos 4 centímetros de nieve. Bellas Artes, el Ángel, y la Diana, cubiertas de nieve -reportó la prensa-. Las carreteras del sur de la ciudad estuvieron cerradas por la nevada poco más de doce horas. El presidente Díaz Ordaz giró instrucciones para que el Ejército implementara el Plan DN-III en el DF en atención a las víctimas del clima. Las escuelas cerraron, y alumnos, que no tenían que estar pertrechados para resistir la helada, salieron a aventar bolas de nieve. Cortes de luz, y cortes de teléfono. No fue un día promedio.
En la ciudad de México no estábamos preparados para el frío y menos para la nieve. Algunos periódicos calculan quince muertos entre accidentes y congelamientos. Otros calculan treinta. Uno de ellos, después de hacer su cálculo, sentencia “dejó de existir tal número de capitalinos”. El ministerio público desde la madrugada estuvo a toda su capacidad recibiendo denuncias debido a las riñas causadas por “infinidad de proyectiles níveos”. El caso extremo fue el de un hombre, que al ir entrando a la ciudad por la carretera de Cuernavaca fue recibido con un bola de nieve en el parabrisas. El conductor, como si el frío fuera causada por el lanzador, sacó una pistola y le soltó un balazo para negar su existencia.

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