Me he comprado un violín

Me he comprado un violín
Ayer consideré necesaria e improrrogable la posesión de un violín. Y de repente, me lo compré. No me informé ni comparé precios. No crean que lo busqué de segunda mano ni acudí a una pequeña tienda que huele a madera húmeda regentada por una señora mayor que, absorta por las fotos de una revista muy atrasada, fotos cuya repetida visión le tranquiliza, sólo se asoma al mostrador cuando escucha las campanitas de la puerta, no. Me lo compré en un El Corte Inglés del centro de Madrid. Salía yo de trabajar e iba en el metro pensando: “violín” y ¡PAM!

Me invade cierta sensación de ilegitimidad. Un acto tan kitsch no puede quedar impune. Seré castigado, tengo esa certeza. No por nadie en especial, ustedes ya me entienden. Seré castigado por el Karma o por el Espíritu Cósmico del Buen Gusto Musical. Un ente justo e implacable que vigila que todos los instrumentos musicales cuya correcta ejecución requiera sacrificio sean poseídos por un niño talentoso que hasta ahora sólo podía ensayar con algo prestado y carcomido; cuya madre zurce medias, congela pan, lava a mano y se quita el pan descongelado de la boca con tal de juntar lo justo para que su hijo pueda llegar al examen del conservatorio de ese año porque si es por el padre, alcohólico y maltratador, el prodigio pecoso y patológicamente introvertido de nueve años ya estaría aprendiendo a soltar improperios desde un andamio.

Esta es la manera, ¿ven? Así me parece correcto y natural comprar un violín de iniciación.

http://paraperplejos.blogspot.com

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