No es lo mismo ser gordo que tonto

No es lo mismo ser gordo que tonto
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Qué ganas de perder el tiempo. ¿Usted cree que la flamante ley antiobesidad, en el remoto caso de que sea aplicada, nos vaya a convertir en un país de niños sanos y fuertes? ¡Por supuesto que no!
Es una ley absurda que en lugar de ir directamente en contra de los productores de alimentos chatarra, se mete en el único sitio donde los empresarios no se pueden molestar: las escuelas.
Y sí, en las escuelas ya no va a haber publicidad ni venta de comida basura, ¿pero y luego?
¿De qué le sirve a un niño que le nieguen la posibilidad de ver el letrero de un pastelito cremosito con sabor a chocolate a la hora del recreo si al salir de clases se va a encontrar con letreros, promociones, canciones y los más seductores anuncios de televisión?
¿Qué utilidad tiene que los niños dejen de comprar refrescos en sus escuelas si en lugar de eso van a comprar unos vasos de agua de jamaica con más azúcar que la que tiene una botella de Coca-Cola?
¿Ya analizó con cuidado los condimentos que les van a poner a las frutas y a las verduras en las escuelas? No son mejores que los que tienen las papitas y las frituras que todos conocemos. ¡Cuidado!
¿Dónde van a hacer ejercicio nuestros niños si muchas escuelas no tienen ni patio? ¿Usted permitiría que un hijo suyo tomara agua de un bebedero público tal y como sale el líquido de nuestras tuberías? ¡Por favor!
¿Y todo este escándalo para qué? ¿Para que los niños que no puedan comprar comida basura en las cooperativas de sus planteles, la lleven desde sus casas porque la ley va a prohibir la publicidad y venta, pero no el consumo?
Por eso le digo, qué ganas de perder el tiempo. No es lo mismo ser gordo que tonto.
Los alimentos chatarra no son malos porque sí. Aunque a muchas personas les moleste, desayunar un pan de dulce y una botella de refresco es la única posibilidad que millones de familias mexicanas tienen para obtener un poco de energía para comenzar bien su día.
¿A qué horas, una madre de familia que invierte más de tres horas en ir y venir de su trabajo, que llega harta a su casa y que encima de todo tiene que atender a su familia, se va a poner a preparar y empacar frutas frescas con yogur natural en porciones perfectas para que sus hijos lleven a la escuela?
Y ni hablemos de la parte del dinero. ¿De dónde va a sacar la gente pobre dinero suficiente para comprar golosinas que le den gusto a las buenas conciencias?
Porque aquí no se trata de comer bien, se trata de darle gusto a las clases superiores, de cambiar los tacos de canasta por alimentos orgánicos, de sustituir las palanquetas de cacahuate por barras energéticas, de dejar de consumir lo que se ve mal, para comenzar a comer lo que se ve bien.
Es un cacería de brujas de comida, el principio de una nueva psicosis infantil.
Si te comes unos fritos, mereces que te escupan. Si te tragas un plato de a kilo de frutas con yogur, miel, granola y crema batida, aunque tenga 18 veces más calorías, estás bien. ¡Felicidades!
¿Por qué no llamamos a las cosas por su nombre y reconocemos que la obesidad, en México, más que una enfermedad es la consecuencia de un montón de factores, la mayoría de ellos vinculados a la corrupción entre nuestras diferentes esferas de poder?
Nos hemos convertido en un país de gordos porque nadie ha obligado a los medios de comunicación a ser prudentes en su promoción del consumo de alimentos chatarra.
Somos una nación obesa porque nadie ha tenido los pantalones para decirle a los productores de comida basura que mejoren sus ingredientes y que reduzcan sus porciones.
Estamos gordísimos porque ninguna autoridad se ha preocupado por estimular la producción y distribución de alimentos sanos ni por supervisar la comida que se vende en la calles.
Vivimos hundidos en la obesidad porque somos pobres, porque carecemos de oportunidades hasta para alimentarnos, por factores psicológicos, culturales y comerciales. ¿Quién se va a meter con esto? ¡Quién!
Una sociedad tragona y antojadiza como la nuestra es una sociedad débil y manipulable.
Sigamos perdiendo el tiempo con medidas como la ley antiobesidad, finalmente seguiremos siendo lo que somos y no sólo eso, terminaremos dándole gusto a las buenas conciencias que nos quieren hacer a su modo: consumidores, pero de chatarra fina. ¿A poco no?

Alvaro Cueva/mileniodiario

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