Réquiem por la Revolución

Réquiem por la Revolución
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Era la tía Beatriz mujer de una pieza, institución de la familia, de ideas extremas pero contundentes. Construyó su vida y su muerte. Ante la pena de su pérdida, el padre nos llamó a dejarla descansar en paz, a dejarla ir sin remordimiento ni temor. A cultivar y construir a partir de lo que nos dejó.
Así debieran actuar nuestras autoridades respecto a la “Revolución”. Revisar sus principios, cuestionar sus versiones, asimilar sus aportaciones, y dejarla partir. No hay que olvidarla ni desechar sus asignaturas. Hay que respetarla y avanzar.
Los recientes discursos “revolucionarios” dejan mucho que desear. Apelan los políticos a Zapata, a Villa, y hasta a Madero con toda impunidad. Se ufanan de encarnar a la revolución. Son incapaces de generar un modelo y una narrativa sobre las bases heredadas. No hay frescura para atender los rezagos, por eso recurren siempre a la vieja cantaleta revolucionaria.
Murió la Revolución. Mucho se construyó a partir de ella. Se crearon instituciones, se industrializó al país, se distribuyó la tierra, se definieron los derechos de los trabajadores, de las mujeres, hasta de los niños. Como a los seres queridos, a la revolución, madre del México contemporáneo, hay que dejarla partir.
Reconstruir el tejido social no implica reestablecer los principios y valores de hace cincuenta años, eso es para el clero de Guadalajara.
Hoy, la composición de las familias y su dinámica son muy distintas a las de antes. Los abusos a menores, las opciones laborales de las mujeres, el nuevo vínculo entre padres e hijos, los medios y la educación han transformado la relación entre jóvenes y adultos y entre ciudadanos y autoridades. No se puede atender las nuevas necesidades con el restablecimiento del modelo de la “tradicional familia mexicana”. Este ya caducó.
El discurso de la “revolución vigente” refleja el anhelo por volver al pasado. Es el predominio del miedo al cambio. Pero ya somos otros. Hoy, denunciamos a los curas pederastas; confrontamos a los padres que abusan física, emocional o sexualmente de sus hijos; respetamos la diversidad sexual y la independencia de las mujeres; aprendimos a organizarnos para cuestionar a las autoridades; votamos y generamos alternancia política; desarrollamos conciencia ciudadana, social y ambiental. Hay una infinidad de pequeños cambios que construyen un país mejor.
Hay sufragio efectivo aunque los partidos lo entiendan como corporativo. Se debe cuestionar la no reelección. Terminó el estado centralista sometido al presidente. Los gobernadores dejaron de ser “funcionarios federales” para volverse autoridades locales. El Congreso actúa hoy a merced de gobernadores, partidos y grupos de interés. Persiste su distancia con la ciudadanía.
El narcotráfico y la democracia resquebrajan el esquema de compadrazgos. Gobernadores, alcaldes y, hasta autoridades federales impugnan a sus antecesores, con la ley, como a Amalia García en Zacatecas o con el plomo como a Cavazos en Colima. En poco tiempo, veremos a más de un ex -mandatarios tocar la cárcel.
Muchas de las causas de los levantamientos de 1910 siguen vigentes: la desigualdad, la pobreza, el corporativismo, la corrupción y la impunidad. Por eso gustan los políticos de enrollarse en su bandera. Mantener los mismos males no quiere decir que puedan adoptarse las mismas soluciones. Las condiciones sociales, económicas y políticas de México y del mundo son distintas. Hay tecnología, globalización, y comunicaciones que ofrecen alternativas eficaces, sólo hay que soltar las cargas del pasado.
Debe llevarse al ciudadano y a su comunidad al centro del debate. Hablar de los trabajadores debiera implicar la defensa de sus intereses y no de las cúpulas sindicales o trasnacionales. Pronunciarse sobre la educación, debe poner a las aulas y los alumnos en el centro de la discusión. Pero ¿Cómo lograrlo con discursos de principios de 1900?
La relación sociedad-estado tiene que cambiar. Los deficientes servicios públicos nos cuestan caros. Podemos exigir su mejoría. Tenemos derecho a ser tomados en cuenta, más allá de las cámaras de televisión. No se trata de que la sociedad civil secuestre al estado sino de redefinir reglas justas que nos lleven a la construcción de un nuevo país. Hay que aceptar la muerte de la revolución. Recordarla con sus enseñanzas y sus excesos para aprender de ellos. Hay que dejarla descansar en paz para poder avanzar.

Alejandra Cullen Benítez/eluniversal.com

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