Sangre con lima

Sangre con lima
Luis Alberto Altieri
En una ocasión me metí un viernes al anochecer en un antro. Era una noche muy desapacible y no me apeteció salir de allí. El ambiente estaba tan cargado que ni se veía el humo, había gente de cinco sexos distintos y casi sin que me diese cuenta me encontré en la boca el sorbo de lima de una fulana que estaba pasada de copas y no sabía dónde escupir el beso sobado de otro hombre. Por si había alguna posibilidad de repetir aquello estando conscientes, le pedí su teléfono. El barman le acercó con desgana un bolígrafo y un pedazo de papel. Ella se puso a escribir. Le temblaba tanto la mano, que me anotó un teléfono de diecinueve números. «Si no te salgo yo y te sale Marta, preguntas por Pablo –me dijo– y si se pone Pablo –aclaró– en ese caso, cuelgas». Después de mirar un rato el número de teléfono, doblé el papel y lo guardé en el bolsillo sin mucha convicción, como si aquella fulana me hubiese pasado entre el humo del antro una madeja de polvo gris. Después el ambiente se fue aclarando y me encontré solo frente al barman. El tipo dijo que era hora de cerrar, pero insistí en quedarme. Entonces aquel tipo se largó y echó la llave conmigo dentro. Dormí sentado en un taburete hasta que me despertó el ruido de la llave en la cerradura, entró el barman y fue llegando la gente. En la calle seguía siendo noche. Noté los calzoncillos sucios, lacios y pegados como los esparadrapos de una momia. El barman me sirvió una copa. Hubo un alboroto que acabó en pelea y alguien me dio un pinchazo en una pierna. A mi derecha se sentó en la barra un tipo muy mal encarado que al preguntarme la hora me intimidó tanto que se la di tres veces y le pagué su copa. La sangre de la pierna se me metió en un pie y entonces vino un perro, me lamió el zapato y al apartarlo se volvió ladrándome. Joder, había tanto humo que casi ni vi al barman cuando me dijo que volvía a ser la hora de cerrar. Le dije que iría un momento al retrete, y así lo hice. Al volver a mi taburete, el barman se había largado y estaba echada la llave. Perdí la noción del tiempo. Por fin una mañana salí a la calle. Estaba cansado y tenía los ojos cicatrizados. Compré el periódico y supe que era domingo. Mi pierna había parado de sangrar. Como me sentí sucio, estuve tentado de entrar en una iglesia. No lo hice por miedo a que también Dios me escupiese en la boca un sorbo de lima mamada. De lo que pensó mi mujer me enteré después por su abogado…

José Luis Alvite/larazon.es

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