Como gotean los años

Como gotean los años
BOLIGAN

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Creo que la frase de Victor Hugo va así: Los cuarenta son la edad madura de la juventud; y los cincuenta, la juventud de la edad madura. En otras palabras, que a los 40 todavía nos creemos jóvenes, y que en los 50 estás instalado en la decrepitud aunque lo niegues. Nadie se compre estas palabras como si fueran ley; algunos nos hacemos viejos antes y otros nos negamos a dejar de ser jóvenes aunque tengamos el bastón detrás de la puerta, esperando.
¿Qué nos hace sentir más viejos: los cumpleaños o los años nuevos? No estoy seguro. Mi caso es especial: desde finales de diciembre empiezo una depresión que se reconfirma en marzo, cuando cumplo años. Y luego empieza la primavera y recupero el aliento y en el verano ya traigo el ánimo encendido. Pero llega el otoño y me recuerda que viene diciembre y así, mi ciclo de la vida es una serpiente que se come la cola.
¿O será que sentirse viejo no está relacionado con las celebraciones? Les cuento: El último eclipse no lo observé. Lo dejé ir. ¿Y saben por qué?, porque pensaba: “Sí, sí, otro eclipse; que se vaya y que deje de estar jodiendo. Que lo vean los que no han visto un eclipse”. Muchos subieron fotos al Facebook y al Twitter; lo tomaron como festejo. Me sentí un tipo más amarguetas de lo que soy. Pero, qué les digo, uno pierde la ilusión; se emociona con dificultad. Interpreté que hacerse viejo es abandonar rutinas que alimentan el ánimo, independientemente de la edad; que uno no es un viejo hasta que se siente eso, un viejo: porque si veo el eclipse, habría celebrado en la red y me sentiría parte del mundo. Y no, no quise hacerlo. Me recluí, me metí debajo de las cobijas. Dejé pasar esa breve oportunidad de sentirme joven con los demás.
Lo único cierto es que los años avanzan siempre con un ritmo infatigable de fuga. Un tic-tac inasible y permanente; un metrónomo, un corazón, los respiros de un reloj que no gasta la cuerda: tic-tac, tic-tac. En un tic dejé la casa de mamá, en un tac se alejan los amigos. El amor se hizo pedazos en un tic y en un tac regresó como promesa. En un tic olvidé el nombre de mis compañeros de sexto grado y en un tac me salen canas en la sien. En un tic me quedaré sin cabello y en un tac escribiré mi propia necrológica. En un tic morimos unos, y en un tac nacen otros que piensan -como un día nosotros- que la gota que sale del grifo no es constante; hasta que su vaso se llena, y se revienta.
Una cosa más: Se aprende con dificultad, pero se aprende que es mejor educar al oído para que esté atento a cada paso del tiempo. Así morimos poquito con cada respiro, y el final resulta más llevadero.
El final es el final, y nada más. Es sólo un destino al que se llega de distintas maneras; un palíndromo, una palabra que se lee igual por delante o por detrás. Pero, ah, cómo pesa.

ALEJANDRO PAEZ VALERA

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