El cuento del tabaco

El cuento del tabaco
Ernesto caminaba despacio como su edad. En pocos días cumpliría 86 años. No le quedaba nadie. Su mujer había muerto quince años antes por el dichoso cáncer de pulmón y su único hijo vivía en México gracias a un próspero negocio de hoteles de paso.
—Hoteles de paso. ¿Qué será eso? Se preguntaba el viejo Ernesto sentado en un banco de la Castellana liándose un cigarrillo.
Puso el tabaco sobre un papel traslúcido. A pesar de ser lo más barato del mercado, a Ernesto se le iba un dineral en aquellos pitillos sin filtro que liaba con la paciencia de su edad. Una parte importante del dinero que recibía de la Seguridad Social, se lo dejaba en cigarrillos. Habían sido más de cincuenta años trabajando en la oficina del gas de Madrid. De todos modos, llegó Zapatero y le recortó parte de su seguro social.
—La madre que lo parió a este Zapatero. Anda que si lo llego a saber lo vota su madre —pensaba mientras le daba la última bocanada al cigarrillo.
—Si es que es lo único bueno que me queda —farfullaba el anciano mientras aspiraba el humo del cigarrillo y se preguntaba qué sería eso, de un hotel de paso.
—De que es un hotel, es un hotel. La misma palabra lo indica —pensaba mientras apuraba la cuarta o quinta bocanada.
—¡Cómo entra este pitillo! Parece que me va a romper los pulmones.
A lo lejos vio cómo dos jóvenes se le acercaban. No los distinguía por sus cataratas. Veía dos bultos azules que iban a su encuentro.
—¿Quiénes serán esos dos? —pensó mientras daba la última calada a un cigarrillo que se unía a millones más de ellos que se había fumando en los últimos setenta años.
Porque Ernesto, como todos los españoles de su generación empezaron a fumar de chicos; allá por la Guerra Civil, cuando sólo se fumaban mondas secas de patatas que se secaban al sol.
—¡Oiga, los papeles!
Dos policías imberbes le pedían la documentación a Ernesto.
—¡En primer lugar, buenos días! Que en este país se ha perdido la educación. No me extraña que luego la gente no quiera venir porque dicen que somos unos mal educados.
—Buenos días, documentación. ¿Usted no sabe que aquí no se puede fumar?
Ernesto puso una cara aún más atónita que cuando su hijo le contó que había construido hoteles de paso.
—¿Qué? ¿Qué tontería es ésa?
—No es ninguna tontería. Es la nueva ley antitabaco que acaba de entrar en vigor. Es la ley que ha sacado la ministra de Sanidad, Leire Pajin. Queda terminantemente prohibido fumar en la calle, cerca de hospitales, parques y escuelas. Y usted está al lado de un parque. La multa es de cien euros.
—¿Cómo? ¡Será una broma!
—¿Cree usted que tenemos cara de gastar una broma?
—Llevo setenta años fumando y ahora, con ochenta y seis años, resulta que me prohíben fumar. No sólo eso, además me ponen una multa. ¡Ah! Y que sepáis que Zapatero también me ha rebajado mi seguro social. ¡Vamos, qué país! ¿No os da vergüenza clavarme este puñal con lo mayor que soy?
—Y a nosotros ¿qué nos cuenta? Sólo aplicamos la ley.
—¿La ley? Pues a mí, la ley esa, la ministra de Sanidad y todo el gobierno juntos se pueden ir a tomar vientos. Y ahora para que veáis cómo es el anciano que empezó a fumar a mitad de la Guerra Civil me voy a liar un cigarrillo con vosotros y me lo voy a fumar por la memoria de mi madre. Anda que si lo sé, me voy con mi hijo a México a un hotel de paso de ésos.
A la srta. ministra de Sanidad española, Leire Pajin, por su tan mal acertada ley.
Atentamente,
Alberto Peláez, ex fumador tolerante.

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