El país de nunca jamás

El país de nunca jamás
En su “Ensayo sobre la ontología del mexicano” (1949), Emilio Uranga dice: “El mexicano vive siempre indignado. Ve que las cosas van mal y siempre tiene en la mano el principio de acuerdo con el cual las condena; pero no se exacerba por esa constatación, no se lanza a la acción, lo único que hace es protestar…”.
En su época, Uranga acertó en su diagnóstico; hoy, las cosas son diferentes. La sociedad trabaja vigorosamente. Desde los pueblos más marginados salen migrantes que cruzan un infierno para mejorar su condición. En las ciudades, el mercado laboral formal ya no es la única opción (si alguna vez lo fue). Los mexicanos emprenden: desde la venta de discos o ropa pirata, dulces, verduras, espectáculos, hasta la producción o distribución de droga. Rompen la inactividad a pesar de las restricciones.
Distamos de ser los mejores ciudadanos, los más activos y mucho menos los más compartidos. Aquí cada quien jala agua para su molino. El “mi casa es su casa” dejó de ser la oferta primordial y se sustituye por una agresiva defensa de lo propio. La incertidumbre y la percepción de ausencia de autoridad obliga a aferrarse al capital acumulado, por poco que éste sea.
La inseguridad nos vuelve aprensivos. Crecen el malestar y el miedo. La sensación de vulnerabilidad genera cambios de hábitos en todo el país. La sociedad se repliega. Florece la desconfianza del vecino y de las autoridades.
Por su parte, muchas de las autoridades, de los tres órdenes de gobierno, mantienen la lógica opuesta. Siguen atrapados en la estructura sugerida por Uranga. Actúan poco y se indignan mucho. Reaccionan a la crítica como a ataques personales. Para rescatar su dignidad se aferran a la descripción del México de antes. Rechazan la realidad y, con ello, anulan la posibilidad de actuar. Con la negación, defienden dignamente la postura oficial: aquí no pasa nada, es un problema de imagen.
Las posturas oficiales son casi cómicas.
Al Presidente le indigna que a su “lucha” le llamen “guerra” cuando él propuso el término. Le indigna que en el extranjero se discutan nuestros problemas de inseguridad, sólo presume sus finanzas públicas.
Guerra o lucha, corre la sangre. Las cifras no mienten. Pero el Presidente insiste en que el problema es de unos cuantos “violentos”. Prefiere invertir en vacunas antiadicciones que aceptar la profundidad de la crisis social e institucional. Como acotan el problema rechazan explorar alternativas como educar, regular la producción de droga o centrar su “lucha” en proteger al ciudadano, más que en capturar capos.
Barry Mcaffrey (ex zar antidrogas) comparó la situación de Ciudad Juárez con Afganistán. El alcalde, en vez de aprovechar la declaración para atraer más atención y recursos, se indignó y hasta una nota diplomática exigió.
En Oaxaca, secuestraron a 50 migrantes centroamericanos. Hay testimonios y declaraciones que lo documentan. Los gobiernos de Guatemala, Honduras y El Salvador exigieron acciones al gobierno mexicano. En respuesta, la secretaria de Relaciones Exteriores se indignó por el cuestionamiento y negó los hechos. En vez de aprovechar la coyuntura para actualizar la agenda con esos países y buscar soluciones conjuntas, descalifican cifras y datos. Niegan la vulnerabilidad de los migrantes y de las instituciones. Cierran la posibilidad de centrar su atención en la incómoda frontera sur.
En el estado de México, se registraron más de 900 homicidios a mujeres. Piden emitir una alerta para prevenir a las mujeres. Los priístas, indignados, minimizan el problema. Argumentan una afronta política contra Peña Nieto. En vez de prevenir mayores muertes el procurador juzgó la vestimenta de estas mujeres. Prefieren que las maten antes que ensuciar la reputación del gobernador.
La lista de ejemplos puede seguir…
México está sumido en una profunda crisis emocional, de seguridad y de expectativas. No nos tranquiliza la salud de las finanzas públicas. Desgraciadamente, nuestros gobernantes no aceptan que el primer paso para resolver un problema es aceptarlo. Dedican más tiempo a defender sus argumentos que a instrumentar soluciones. Crece la distancia entre nuestra realidad y la de sus discursos y con ella nuestro escepticismo.
Los análisis del resto del mundo deberían servir para obtener ayuda y aprender. Escuchemos. Reconozcamos que México cambió: se acabó la paz social. Como argumenta Fernando Escalante en Nexos, es inverosímil que 30 mil muertos sean obra de pleitos entre cuatro capos. La negación y la indignación conducen a la inacción. Llamemos las cosas por su nombre para que los mexicanos tomen sus precauciones y los gobiernos instrumenten políticas públicas acordes a la realidad.

Alejandra Cullen Benítez/eluniversal.com.mx

Deja un comentario