Requesón en el aliento

Requesón en el aliento
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Todos conocemos el caso del tipo con dinero, casado con una mujer bellísima que, sin embargo, se encaprichó con la chica corriente a la que conoció porque era cajera en el supermercado frente a casa. Es bien sabida la fascinación que sobre muchos hombres ricos ejerce la discreta sirvienta que lleva la casa, y de hecho, en muchos juegos eróticos el nivel de excitación aumenta cuando ella se viste con el clásico uniforme de muchacha. A mí me fascinaron siempre las peluqueras, las empleadas del supermercado, las sirvientas y las chicas que atienden al público en los grandes almacenes. Siempre supuse que con mujeres más hormonales y que disfrutan más del sexo porque no temen que se les eche a perder en la almohada el peinado del estilista, ni tienen que guardar ninguna compostura. ¿Son más entregadas? Yo juraría que sí. Y aunque no conozco una explicación científica, supongo que lo son porque saben que la del placer es la riqueza más al alcance de la mano, algo que las redime de la vida corriente y de la monotonía casi sin altibajos de una vida llena de estrecheces económicas y de malas noticias. Hay mujeres que despliegan un sexo inteligente y muy elaborado y otras que por carecer de instrucción se dejan arrastrar por sus impulsos, de modo que así como la chica culta y leída racionaliza a menudo sus emociones para no resultar irracional, la otra mujer se deja arrastrar por sus impulsos y sustituye las frases por los jadeos. A veces se dan en una sola las dos mujeres. En ese caso, muchacho, en ese caso la atracción se vuelve dependencia y el placer se convierte en vicio. Es difícil resistirse a esa combinación de carne y talento. El cine y la literatura han recreado con éxito indudable esa especie femenina, esa mujer fatal que resulta a la vez hermosa, sibilina y temeraria, una mezcla perfecta y explosiva de placer y codicia a la que es difícil resistirse. Inteligencia y ropa interior en dosis adecuadas. Lencería y jadeos… y esa ácida respiración femenina en la que no se sabe muy bien si alienta la pasión, el interés o el requesón de la venganza. No suelo bailar, pero las pocas veces que lo hago me gusta seguir la conversación de mi pareja, aunque llega un momento del baile en el que me distraigo de sus ideas y lo que me cautiva de su cabeza es el barbitúrico olor de su melena. Aunque muchas veces me he interesado por averiguar el alma de las mujeres, he de reconocer que la chica inclinada con atención sobre un libro me excita menos que la que simplemente mira sin rumbo mientras con un maquinal gesto de indiferencia se cepilla el pelo frente un espejo barato.

Josu Luis Alvite/larazon.es

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