Periódicos, mentira, ironía

Hace quince años, Alan Sokal, físico de la Universidad de Nueva York hizo un experimento con la academia de la posmodernidad. Sospechando que ciertos círculos usaban el lenguaje científico para su charlatanería, decidió someter a prueba los criterios de una de sus revistas más prestigiosas. Con toda la jerga del discurso académica redactó una tontería monumental. Una colección de absurdos seriamente fraseada. Las citas de autoridad decoraban el texto dándole el empaque de una investigación científica. El título era ya una parodia: “Traspasando fronteras: hacia una una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica.” Detrás de la pedantería universitaria se escondía un argumento risible: las leyes de la física no son más que meras convenciones sociales. Un pacto social distinto alteraría sustancialmente la mecánica de las fuerzas naturales, incluyendo la gravedad. El experimento fue un éxito: la revista publicó la tontería sin percatarse de exhibía su connivencia con la estafa intelectual. Había publicado un ensayo de Troya.

Arcadi - CercasAlgo parecido ha sucedido recientemente en el periodismo español. El 11 de enero de este año el filólogo Francisco Rico publicó un artículo en El país criticando el acecho a los fumadores. Su texto tenía una posdata: “En mi vida he fumado un solo cigarrillo.” La línea no solamente era falsa sino que lo era ostentosamente. Rico fuma, fuma mucho y lo hace muy públicamente. Naturalmente cayeron las críticas: sobraban fotografías que demostraban que Rico no soltaba el cigarro. El hombre había mentido. A su defensa brincó el novelista Javier Cercas. Lo que un periódico cuenta, argumentaba, no puede responder exclusivamente a la verdad. En un gesto retóricamente pobre, ubicaba a Hitler como un cruzado de esa causa y citaba una frase suya (“Exigimos una campaña legal contra quienes propagan mentiras políticas deliberadas y las diseminan a través de la prensa”) como motivo para mantenerse en guardia frente a los perseguidores de la ficción. La crítica, decía Cercas, suele montarse en el humor y éste no puede ser mera constatación de hechos. Más aún: el entendimiento exige ficciones. Cuidémonos de los cruzados de la verdad, aconsejaba Cercas: su pudor inquisitorial les impide entender que la comprensión requiere algo más que hechos y datos: imaginación. Arcadi Espada, el más severo crítico del periodismo en España convirtió el artículo de Cercas en un bumerán. ¿Qué pasa si se emplea un argumento idéntico para proyectarlo en contra de su portavoz?

Si los ingredientes legitimados por Cercas eran la mentira y el humor, si el propósito era convertir una falsedad en una verdad moral, bien podría mentirse con gracia y con propósito… pero a su costa. Valdría recordar que Arcadi Espada y Javier Cercas están unidos por una antigua rivalidad que Yaiza Santos ha detallado en el blog de Letras libres. La nueva defensa de la ficción motivó a Espada a inyectarle a Cercas su propia poción. En un artículo del 15 de febrero, Espada se compadecía de Cercas por haber sido sorprendido en una casa de prostitución y enviado a la policía. La historia, por supuesto, no era real, era una broma; no era verdad pero daba una lección. Como en el escándalo Sokal, la única manera de defenderse de la burla era reconociendo el absurdo de la posición propia: denunciar la calumnia de la que Cercas era víctima era repudiar la mentira que antes había legitimado como recurso de la comprensión. Denfenderse era repudiar su propio argumento.

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