DARDOS: ESCRIBIR DEL NARCO

DARDOS: ESCRIBIR DEL NARCO

Defiendo a los que dicen que escriben “narcoliteratura” porque están en su derecho, pero me opongo al término y me separo de él. No critico a los reporteros que recientemente adoptaron el crimen organizado como especialidad; qué bueno que lo hagan, pero yo siento que hablar tanto de los jefes del narco construye menos (aunque genere tanta atención) que denunciar los efectos de esta guerra idiota e infame, escribir sobre las causas que provocan que generaciones de mexicanos se vinculen a las actividades criminales: la falta de educación, la pobreza extrema, la inequidad en el reparto de la riqueza, la ausencia de oportunidades, la corrupción gubernamental y todos los colaterales.
Me preguntaba hace unos meses la periodista argentina Mónica Maristáin (y así se publicó en el diario bonaerense Página/12): “Más allá de negar que exista una ‘narcoliteratura’, ¿cree que el tema del narco es insoslayable en la literatura mexicana?”
Le respondí: “Respeto a quienes lo usan o lo aceptan [el término ‘narcoliteratura’], pero no creo en él. Me parece que la literatura es una sola e indivisible. Por lo regular escribimos de lo que conocemos, de lo que sabemos. La literatura no viene de la nada. En mi caso, provengo de una ciudad que ha convivido ya un siglo con traficantes de heroína, candelilla, licor, cigarros. Viví entre narcos, fueron mis vecinos. Mi generación quedó destruida por contacto directo o como víctima colateral. Entonces, en cierto momento, cuando me di el tiempo y me senté a escribir ficción, no pude sino recurrir a las figuras que me eran comunes. ‘Corazón de Kalashnikov’ recurre a narcos, sí, pero también a mujeres: Ciudad Juárez es una comunidad en la que las mujeres juegan un papel central. La fuerza laboral de esa frontera fue de 400 mil durante el boom maquilador, en la década de 1990. Los hombres fueron reducidos a un papel secundario y eso generó un drama que no viene al caso contar aquí, pero que se expresó en maltrato y, en algunos casos, en homicidios”.
Le dije que el narcotráfico tiene una presencia tan brutal en México que ha marcado muchas formas del arte, entre ellas la literatura. “Si este sexenio terminará con cerca de 60 mil muertes, uno de nosotros tendrá que contarlo, seguramente. Cito a Julio Cortázar. Está el narco porque debe estar. Este trauma trastrocará la plástica, la historia, los libros de texto. Los que escribimos o nos expresamos somos por lo regular hojas limpias y sensibles sobre las cuales cada circunstancia deja una huella…”
El hecho de que tenga libros que se ligan al tema del narcotráfico es circunstancial. Diría que es un malentendido. “La Guerra por Juárez” (Planeta, 2009) tuvo la intención de denunciar la matanza sistemática de mexicanos en la frontera, la cual alcanzó a un amigo los que colaboramos en ese libro: Armando Rodríguez “El Choco”, periodista. “Corazón de Kaláshnikov” (Planeta, 2009), mi primera novela, es en realidad una historia de amor a la que la editorial le agregó: “El amor en los tiempos del narco” seguramente para vender más; está en su derecho; no me quejo. “No incluye baterías” (Cal y Arena, 2010), que presento el próximo miércoles 23 de marzo a las 7pm en la Casa del Refugio Citlatépetl del DF, es una especie diario de dos años en los que denuncié desde lejos y con horror cómo la estrategia contra las drogas de Felipe Calderón convertía mi sufrida Ciudad Juárez en un abismo. Pero están “Paracaídas que no abre” (2008) y otros libros colectivos, en los que toco los temas que me realmente me interesan: las relaciones entre las personas, casi siempre tortuosas. O los libros de periodismo puro y duro, en los que el autor es un simple reportero, como “Los Amos de México” (Planeta, 2007), “Los Suspirantes” (Planeta, 2005) y “Los Intocables” (Planeta, 2007).
¿Hay, en mis textos, muchas referencias sobre el narco? Pues sí. Nací en una ciudad corrompida por funcionarios públicos que sacaban provecho de los cárteles allí establecidos. Crecí en barrios en los que era más fácil conseguir heroína o cocaína que una beca para estudiar. Fui reportero policiaco y cubrí “la guardia” en los periódicos y en ese ambiente no hay sino luto humano, muerte, dolor, drogas, dinero fácil, corrupción, porquería.
Algo similar le pasa a Felipe Calderón. Después de dos años de hablar y hablar y hablar sobre narcotráfico, y después de lanzar una guerra idiota con consecuencias nefastas, ahora intenta referirse al turismo, a la economía, a política o a otros temas. Imposible. Será el único tema “importante” de su administración. Le será imposible sustraerse porque ya hizo añicos el país y generaciones completas de individuos seguirán hablando de esto y no porque quieran, sino porque hemos sido testigos y actores, los mexicanos, de un sexenio sangriento provocado por un político insensible que privilegió el uso de las armas sobre un problema sí de gobernabilidad, pero también de salud pública. Sobre esto he escrito ríos. Recomiendo a los interesados leer mi bitácora personal, mi blog. No agrego más.
En fin. Sólo quería decir que no creo en la “narcoliteratura” y que espero que muy pronto las editoriales paguen el costo de publicar tantos libros sobre los narcos. Que los lectores desistan. No digo, insisto, que debemos abandonar el tema. Creo, sin embargo, que poco se está hablando del drama social que generó esta guerra inútil o que obligó y obliga a los mexicanos a vincularse con el crimen organizado. Ojalá y todos los que estamos atentos a lo que sucede en México y escribimos, empecemos a darle cuerpo a un siguiente paso en la literatura y el periodismo: ir a fondo no de los cárteles, sino de los problemas que padecen los mexicanos y que desataron estos días amargos que vivimos hoy.

Alejandro Páez Varela



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