El autógrafo

El autógrafo

En 1966 la Selección Española de Fútbol se concentró en Santiago de Compostela con vistas a preparar el mundial de Londres. No sé muy bien por qué hicieron aquello, pero los expedicionarios llegaron a la ciudad en tren. Yo falté a clase y fui con otros cientos de muchachos a esperar a los futbolistas con una hoja de papel en blanco. Me hice con los autógrafos de Amancio, Peiró, Gallego, Marcelino, Sanchís, Reija, Iribar, Gento, Olivilla, Del Sol, Luis Suárez… y estaba tan entusiasmado, y me sentía tan generoso, que incluso añadí sin miramientos la firma de Julito Seoane, el mozo de Renfe que arrastraba los equipajes por el andén. Durante el mes que permanecieron en la ciudad no me perdí uno solo de sus entrenamientos. Fue uno de los momentos más felices de mi vida y el peor curso en mi expediente académico. Al final, España hizo el ridículo en Inglaterra y en un decepcionado arranque de iconoclasia rompí la hoja con los autógrafos, les planté fuego y pisé luego con desprecio la cenizas. Pensé que no era otra cosa lo que se merecían aquellos futbolistas y sólo lamenté haberle dado el mismo trato al autógrafo del pobre Julito Seoane, que no había cobrado una sola prima por arrastrar por el andén hasta el autobús las pesadas maletas de aquellos dioses. No volví a pedir un autógrafo en toda mi vida, hasta que me crucé en el aeropuerto de Santiago con el poeta Rafael Alberti, que estaba recién llegado del exilio, y le pedí que me dedicase un libro. Fue muy atento y con una frase amistosa me regaló también el dibujo de un airoso velero de tinta casi gris coronado con una gaseosa tiara de unas gaviotas cuyo estiloso garabato parece una colección de ganzúas. Reconozco que aquello me hizo cierta ilusión, aunque al poco tiempo perdí de vista el librito y lo reencontré años más tarde, cuando mi descreimiento en los dioses ya era absoluto y a Rafael Alberti habría sido capaz de pedirle de favor que borrase de su puño y letra la frase, el velero y las gaviotas. Ahora ya no queda en mí el menor rastro de aquella adoración adolescente por los futbolistas, ni de rendida admiración por los poetas laureados. Puede que se trate de una tentación onanista, pero a mí lo que de verdad me interesa es saber cosas de mí, indagar en mi interior y averiguar quién soy. A veces, mientras fumo reviso mis notas tomadas a mano y me pregunto a qué diablos se deben esos altibajos de mi caligrafía por los que probablemente corren juntos en puntillas el adolescente que busca los autógrafos y el iconoclasta que sólo persigue borrarlos. Entonces pienso que todos somos igual de importantes, aunque a veces imagino que a Jesucristo le habría gustado firmarle desde la cruz un autógrafo a Mahoma, aunque sólo fuese para que le desclavasen la mano de escribir.

Jose Luis Alvite/larazon.es

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