Elizabeth Taylor

Elizabeth Taylor

No diré ahora que era mi actriz favorita, ni que me pareció la mujer seductora que por lo visto fue, y tampoco me apuntaré en este momento a proclamar mi devoción por sus ojos de color violeta o por su voz dulce, cristalina y bien timbrada. Y si embargo, y a pesar de no haber significado gran cosa en mi afición al cine, reconozco haberme sentido fascinado por la personalidad inestable y turbulenta de Elizabeth Taylor, que a mí siempre me pareció capaz de producir en los hombres una mezcla de devoción, delirio y agotamiento. También me pareció siempre una mujer madura, incluso cuando yo era sólo un muchacho y con menos de treinta años de edad aquella chica carnosa y morena ya era una leyenda del cine. En las revistas ilustradas de entonces los cronistas describían su vida como una sucesión de pasiones y de escándalos que dejaban como saldo la sensación de tratarse de una mujer que si buscaba la felicidad era por el simple placer de dilapidarla y volver a salir a su encuentro con la fogosa desesperación con la que solía vivir, como una fiera que se divierte ingeniándoselas para que sean sus presas quienes la persigan y se entreguen luego a su voracidad, agradecidas de sucumbir atraídas por el placer y diezmadas por el cansancio. El formidable Richard Burton se casó dos veces con ella y seguramente estaba en el secreto de la fuerza magnética de aquella mujer apasionada y destructiva que en sus relaciones amorosas tal vez no sabía medir muy bien dónde acababa el beso y dónde empezaba el mordisco. Hay mujeres dulces y modosas que atraen a los hombres como la miel a las abejas, y las hay carnales y furiosas, como Liz Taylor, que te descubren una felicidad inestable y distinta, el placer agridulce de unirte a una mujer que sabes que te destrozará la vida pero que tiene algo que a pesar del recelo hace que huyas sin remedio hacia ella, como el tipo con vértigo que sin embargo disfruta del sinsabor del miedo conduciendo el coche casi en vilo por el perfil raído de un acantilado. Yo lo más cerca que estuve de Elizabeth Taylor fue lo que por lo visto le dijo a un tipo al que conocí hace años de madrugada en el Savoy: «Hay hombres que por haberme besado aseguran que me llegaron al alma. No hagas caso, tesoro; en realidad borré sus besos tan pronto me pinté otra vez los labios. A mi corazón le repugnan la mayoría de las cosas que come mi boca».

Jose  Luis Alvite/larazon.es

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