Hambre de cantería

Hambre de cantería

En una cadena de televisión se hablaba ayer a mediodía de que la cifra de muertos por el terremoto de Japón rondaba el centenar. Las imágenes daban cuenta de la espectacularidad del suceso y de la relativa magnitud del pánico en un país acostumbrado a los seísmos. Los daños materiales fueron causados sobre todo por la subida de las aguas del mar y su avance tierra adentro. Por tratarse de un país rico con avanzadas técnicas de detección y resistencia frente a los terremotos, puede decirse que los daños personales eran a día de ayer en cierto modo pequeños y se prevé que lo sean aunque nuevas estimaciones arrojen un balance más dramático. No hará falta ser muy listo para imaginar lo que habría supuesto un cataclismo semejante en un país como India, Pakistán o cualquier enclave de la geografía misérrima del mundo. Ni siquiera la China enriquecida y expansiva se salvaría de contar por miles los cadáveres, con arreglo a una tradición en la que resulta algo más que un chiste infamante afirmar que en cualquier disputa de pareja mueren un promedio de cinco personas, quince si es un choque frontal de bicicletas, centenares en un descarrilamiento en el que nadie se sorprende de que un elevado porcentaje de las víctimas ni siquiera viajasen en el tren. A mí en contraste con las imágenes tan técnicas de lo ocurrido en Japón, se me vino a la memoria la catástrofe humana en Ruanda, con centenares de miles de personas acosadas por el hambre, diezmadas por los francotiradores, masacradas sin remedio por las insalvables inclemencias de una tierra en la que a duras penas medraba el esqueleto del polvo. No me consta que nadie dijese semejante cosa entonces, pero al ver en televisión aquellas imágenes supuse que aquellos desdichados se morían tan delgados, tan huesudos, que sus cadáveres sólo podrían haberlos picoteado, con su calcárea y tenaz hambre de cantería, los pájaros carpinteros. Fue famosa entonces la foto de un buitre acechando la espeluznante escualidez de una niña agonizante. No recuerdo muy bien cómo concluyó aquella escena, pero puedo suponer que la niña sucumbió y que el buitre se lanzó sobre sus despojos sin mucha convicción, acaso sabedor de que a sus espaldas se habría situado discretamente otra alimaña esperando desplumar su cadáver. Aquel era campo yermo, terreno baldío, y con tanta sequía sólo fertilizaba con ciertas garantías la muerte. El mundo no cambió mucho desde entonces. En Japón los terremotos van por el reloj, como los trenes, mientras que en los países pobres y humillados los cadáveres de las mujeres les dan de mamar el corcho de su leche a los esqueletos de sus hijos.
Jose Luis Alvite/Larazon.es

Deja un comentario