Kate Moss

Kate Moss

Me encuentro entre los doscientos setenta y siete hombres del mundo que pueden presumir de estar enamorados de Kate Moss. Sucede que Kate Moss no siente lo mismo por esos doscientos setenta y siete varones repartidos entre los cinco continentes. Aún considerándome anglófilo, no terminan de convencerme las mujeres inglesas. Esa piel que se irrita, escuece y enrojece con un simple rayo de sol me asusta un poco. La difunta Diana, Princesa de Gales, en traje de baño parecía una quisquilla cocida. Pero cuando sale una inglesa total, la cosa cambia. Y Kate Moss lo es.

Ha escandalizado París. Y en un desfile de moda, lo que tiene más mérito. París es la capital de esa cosa llamada moda, una industria poderosa que consiste en convencer a las mujeres de que todo lo que llevaron puesto el año pasado se ha quedado viejo y antiguo y hay que comprar lo nuevo. Para convencer a millones de mujeres en el mundo, las grandes marcas y firmas de la moda cuentan con la colaboración de mujeres bellísimas, inalcanzables y muy bien remuneradas.

El disgusto viene cuando una mujer de belleza y estructura normal se pone lo mismo que Kate Moss y no se parece en nada a Kate Moss, pero ése es su problema. La Moss no ha escandalizado a la capital de la moda por pasear desnuda, o con un burka, o con un pañuelo palestino. Lo ha hecho por fumar mientras mostraba un diseño que ni ella misma se atreverá a ponerse en el futuro. Curiosa reacción del público. Pocos se fijaron en sus interminables piernas, ni en la transparencia de sus pechos, ni en la estética cañera de su gesto guapo. Clavaron la mirada en el cigarrillo encendido que llevaba en su enguantada mano derecha. De cuando en cuando, Kate Moss daba una calada y los prohibicionistas franceses se mesaban los cabellos con muecas de estupor. Y ella calada va y calada viene hasta que desapareció de la pasarela su junco andante.

Al menos, no fue detenida ni multada. En España, cuyo Gobierno es aún más prohibicionista que el francés, habrían llovido las denuncias y Kate Moss hubiera terminado en la comisaría más cercana a la Pasarela Cibeles prestando declaración a un grupo de afortunados agentes del orden, porque tomar declaración a Kate Moss es una fortuna inesperada caída del cielo, un maná a lo bestia. Kate Moss no fuma en busca del escándalo, sino para reafirmar su libertad. Se trata de una fumadora, no de una delincuente. Se siente cómoda cuando lo hace, y divertida si adivina entre el público una cierta inquietud. Desde aquí animo a las modelos españolas fumadoras, que son casi todas, a imitar a Kate Moss. El espacio de un salón de desfile es muy amplio y un cigarrillo no contamina nada. Pero recuerda que toda prohibición fundamentalista choca con la cultura occidental, sustentada en la libertad de cada individuo y enfrentada por tanto al colectivismo marxista caducado, aunque de ello no se haya enterado todavía doña Leire Pejín.

No defiendo al tabaco. Soy una de sus víctimas. Y menos aún reivindico la plena libertad de los fumadores para calmar su vicio en lugares donde puedan molestar a los que no fuman. Pero la ley de la señora Pajín avasalla la libertad. La fórmula anterior mantenía un respeto y una distancia entre fumadores y no fumadores. Consideraba que la libertad de cada uno, siempre que no hiera la libertad del otro, es respetable. Lo que ha hecho Kate Moss en París no ha sido una fanfarronada, sino una reivindicación. Se entiende a tantos millones de enamorados.

Alfonso Ussia/larazon.es

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