La magia de la niñez

La magia de la niñez
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Gurbgergur Bergsson, escritor islandés, traductor de Borges y Cervantes, tiene, entre otros, un hermoso libro emocionante sobre la niñez, o a partir de la niñez, La magia de la niñez, publicado por Tusquets en su colección Andanzas en 2004 y escrito por él, en islandés, en 1997. Hay en ese libro latidos que nos pueden ser familiares a todos, hayamos nacido donde hayamos nacido. Hay referencias a carpinterías, a pájaros, a orfandad, a soledad, al silencio de las madres, a la brutalidad de las relaciones entre los niños, que están en la memoria colectiva de esa niñez que nos ampara y nos desampara al mismo tiempo, que nos construye pero que también nos destruye, que nos deja solos, en la intemperie de la adolescencia, pues es la más fugaz de las edades a pesar de que persiste tanto luego en nuestra memoria.

Decía Saramago que vamos con el niño que fuimos. Ayer me decían en Ibiza algo que dijo alguna vez Javier Marías: vamos con el niño que nos dice qué pensábamos ser de adultos. En este libro de Bergsson se dice en un momento determinado: “Pregunté a mi hombre interior mientras escuchaba a mi padre: ´Me pregunto si alguien puede ser alguien por sí mismo, por mucho que se haya esforzado en llegar a ser algo sin ayuda de nadie`”.

Somos la suma de lo que fuimos aprendiendo; y de adultos la mayor parte de nuestras actitudes tienen que ver con aquellas que nos llenaron de duda o incertidumbre en la infancia; y aunque la experiencia nos haya dado más valor o aún más cobardía, seguimos reaccionando como si fuéramos aquellos niños que fuimos.

Pero además de esas consideraciones sobre lo que la infancia nos deja en incierta herencia hay en este libro de Bergsson algo que quisiera subrayar, pues es, en el contexto, como un puñetazo que él lanza sobre la actualidad, y no sólo sobre la actualidad que él construye escribiendo; es sobre nuestra actualidad, por decirlo así, sobre lo que vivimos ahora aquí o en cualquier parte:

“–La miseria procede en gran parte del interior de uno mismo, y por regla general no es culpa de nada ni de nadie– afirmó mi madre.

Como he heredado esta forma de ser, nunca me ha agradado la gente que sale adelante a base de quejas, ni siquiera los artistas. Casi todo el arte contemporáneo está montado, no sobre el talento artístico, sino sobre la capacidad que pueda tener la gente para andarse con ese constante lloriqueo. Todo el mundo lo considera natural, aunque a los artistas sólo les sirve por un breve tiempo a lo largo de su carrera, y puede llegar a hacerlos famosos pero no interesantes ni reconocidos. Antes, el artista rugía como un león; ahora participa en el habitual coro de lamentaciones y de este modo consigue el aplauso de su madre y una buena subvención que le impide ir por ahí con el culo al aire”.

JUAN CRUZ

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