La pesadilla

 Somos presa de las pesadillas de los políticos. Ese horror que los despierta con pánico por las noches, esa tragedia que imaginan en la soledad los atrapa hasta obsesionarlos. Todo lo que hacen puede subordinarse a la causa de impedir la profecía que los espanta. El mundo es visto desde el delirio: ningún costo (económico, político, moral) es alto si logra inhibir la desgracia que le aterra. Todo adquiere la forma monstruosa de su alucinación. No hay más propósito para ellos que evitar que la pesadilla se haga realidad. La prudencia rige en salud. Bajo la ofuscación del poder, los sentidos se tapan: los ojos ven solo lo que el prejuicio registra, los oídos se abren sólo a las palabras que reafirman la manía. El sentido del tacto se pierde. Valdría calificar a los políticos por el sentido y la escala de sus temores.

La pesadilla de Felipe Calderón es que la mañana del 1º de diciembre del próximo año entregue en el Congreso la banda presidencial a un priista. Lo ha dicho con todas sus letras: nada sería peor para México que el retorno triunfal del PRI. Calderón se tortura con la imagen: ser el Zedillo del PAN. Entregarle las llaves de la presidencia a su enemigo, abrirle de nuevo la puerta a su rival histórico, legitimar a un partido que a su juicio es irredimible. La imagen tortura al presidente y parece que está dispuesto a entregar su resto a impedirlo: hacer cualquier cosa para que pierda el PRI. Es claro que la derrota del PAN no es lo que le quita el sueño. Este hombre que es panista desde la cuna no parece empeñado en la victoria de un panista o en la imposición de un candidato de su círculo. Tampoco le preocupa su legado. Tal vez reconoce que ese legado es mínimo, que no hay una conquista histórica que haya que preservar tras su sexenio. Su obsesión es negativa: impedir que el PRI gane la presidencia.

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