Redes sociales

Redes sociales Había una vez una especie animal que desarrolló una extraña habilidad: el lenguaje. Al comunicarse a través de sonidos abstractos, pero altamente sistemáticos, sus individuos pudieron compartir entre sí información sobre su medio y sobre sus pensamientos.

Se detonó así el desarrollo de lo que hoy llamamos cultura: al compartir experiencias y transformarlas en conocimiento, el ser humano logró trascender las limitaciones de la selección natural –que adapta a las especies lentamente, a lo largo de generaciones– y descubrir un nuevo nivel de evolución: el cultural. Esto nos ha permitido no sólo sobrevivir con tanto éxito (incluso con éxito excesivo, pues hemos invadido prácticamente todos los hábitats terrestres, causando en el proceso bastante daño ambiental), sino producir el arte, con el que creamos nuevos mundos intelectuales y estéticos, y la ciencia, que nos permite comprender y manipular el mundo natural.

Pero el desarrollo de la cultura requirió un nuevo invento: la escritura, con su contraparte, la lectura. Ello implicó, a lo largo de muchos siglos, la aparición y refinamiento de una serie de tecnologías de escritura y de preservación de lo escrito (arena, piedra, tablillas de cera, papiros, códices, pergaminos, papel, libros, imprenta, máquinas de escribir, bibliotecas, soportes digitales). Y también, aunque tendemos a olvidarlo, de las elaboradas técnicas que nos permiten descifrar lo escrito; leer.

No es cosa simple: se trata de un proceso tan complejo que costó siglos desarrollarlo (es bien conocido el asombro de San Agustín, ya en el año 380, al ver que San Ambrosio podía leer en silencio). Se requieren varios años de escuela para formar un lector elemental; pero ser verdaderos lectores, lectores expertos, capaces de leer de corrido libros completos (“darle el golpe al libro”, dice Gabriel Zaid), y no sólo best sellers facilones, sino libros profundos, es algo que sólo un porcentaje muy pequeño de la población mundial consigue.

Redes sociales Fue gracias a la lectura y la escritura que nuestra civilización pudo desarrollarse. Pero hoy damos un nuevo paso: construimos computadoras, las conectamos en una interred y creamos las redes sociales –Facebook, Twitter– y otras herramientas –email, chat, blogs, páginas web…– que han cambiado por completo nuestros hábitos socioculturales, de estudio… y de lectura.

En su fascinante libro Superficiales: ¿qué está haciendo internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011), el escritor, analista y bloguero estadounidense Nicholas Carr propone una tesis fascinante y preocupante –sustentada, entre otras cosas, en la neurobiología, la historia de la lectura y el conocimiento de las tecnologías de la información y comunicación, (o TICs): la plasticidad de nuestro cerebro (descubierta recientemente, y que nos ha permitido ser una especie tan adaptable), junto con las características propias de internet (inmediatez, brevedad, superficialidad, caducidad, globalidad, abundancia excesiva) están haciendo que ese logro de siglos de evolución cultural y desarrollo de tecnología educativa, la lectura profunda, se esté perdiendo. A cambio de adquirir las nuevas habilidades multimedia y multitasking de prestar atención a decenas de cosas simultáneamente, y de estar informados y comunicados constantemente, es posible que, como civilización, estemos sacrificando la capacidad de concentrarnos largamente en una sola cosa (y no sólo como costumbre, sino a nivel del desarrollo de nuestros cerebros).

En lo personal, como expresé en una interesante discusión que sostuve en mi página de Facebook, el uso de las redes sociales me ha resultado inicialmente difícil, pero luego utilísimo, muy interesante… y muy adictivo. Mi productividad “bruta” ha bajado sensiblemente (causándome muchos problemas), pero la información y contactos potencialmente interesantes a mi alcance crecieron en forma exponencial. Haciendo un balance costo/beneficio, todavía no sé si gano más de lo que pierdo… y probablemente no lo sabré, hasta que pase el tiempo suficiente.

Ya veremos si en 5 o 10 años seguimos usando las redes sociales, como seguimos usando el correo electrónico. Y veremos también si los temores de Carr se cumplieron. Mientras, querido lector o lectora, mientras twitea a toda hora y siente que el tiempo cada vez le rinde menos, pregúntese: ¿cuándo fue la última vez que leyó un libro completo?

http://lacienciaporgusto.blogspot.com/


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