Sin futuro

Sin futuro

Para convertirme en un escritor célebre sólo debo esperar a que los demás escritores se mueran. Siendo un viejo contaré la historia a mi manera e inventaré una cantidad de historias tales que el desprestigio caerá sobre mis rivales. Y esta vez no podrán levantarse: será como su segunda muerte. Así he respondido a quien me preguntaba si para mí era importante la fama. Hoy en día los escritores no pueden se famosos a no ser que sean extraordinariamente malos. La mediocridad incluso es mal recibida. En el diario de sus obsesiones, Crackpot, John Waters da varios consejos a quienes desean la celebridad a toda costa; y exagerar sus peculiaridades es uno de ellos: Si tiene problemas de cutis embárrese una bolsa de papas fritas en el rostro y cámbiese su nombre por el de “Granos”. La sabiduría de un consejo en apariencia tan burdo no está a discusión: si es usted un mal escritor organice una presentación y póngase a bailar ante el público (de preferencia ante un público que no lea).

En Rotten: No Irish, No Blacks, No Dogs, la autobiografía del mismo Rotten (John Lydon), este dice que no soportaba a los punk uniformados. Toda esa indumentaria supuestamente rebelde demostraba una necesidad de pertenecer a un rebaño y una notable ausencia de individualidad. Todavía en marcha, Lydon ha escrito que su compañero en Sex Pistols, Sid Vicious, se hallaba obsesionado con la moda y era un lector apasionado de Vogue. Como es evidente, los que sobreviven maquillan a los muertos y vuelven a enterrarlos varias veces hasta que llega su turno. No por otra razón Patti Smith debió dedicar su reunión de poemas y ocurrencias trascendentales, Babel, a los tiempos venideros y dijo: “Este libro está dedicado al futuro”. Me parece una dedicatoria responsable y serena: dedicar un libro a lo que no puede ser. Y de paso quedar bien con los perros que husmearán en su tumba.

“Pobre del escritor que desea obtener un estilo. El arte en el futuro se fundará en la energía intuitiva y los creadores no se preocuparán por ser originales, sino por ser sinceros. Entonces la humanidad se parecerá al hombre”. Esas son palabras que he tomado del libro A partir de ahora el combate será libre de Rafael Barrett, escritor romántico y mordaz, crítico de las sinceras estupideces de su tiempo. Se acaban de cumplir cien años de su muerte y el silencio a su alrededor es su único homenaje. Si acaso se enterara de lo que la sinceridad ha hecho con la literatura, él retiraría sus palabras, aunque la verdad no lo creo, un hombre como Rafael Barrett se sostendría en lo dicho.

“Éramos jóvenes y en nuestras cabezas reinaban las drogas y la muerte”, se lee en Dream Police, de Dennis Cooper, el poeta que desprecia el futuro y cuando mira hacia atrás escribe: “Mi pasado consiste en una corta sucesión de chicos guapos u hombres jóvenes a los que admiré, arrastré a la cama y después dejé en ruinas en la calle con el dinero justo para tomar un taxi de vuelta a casa”. A Cooper nada le sucederá en el futuro porque ha tenido la sutileza de cortarse en pedazos e incinerarse antes de que ningún cretino haga su autopsia.

El libro de Mauricio Bares, Apuntes de un escritor malo comienza así: “Según yo, un escritor malo es casi tan importante como uno bueno, por la sencilla razón de que los escritores malos contribuimos a que destaquen los destacados. “Bares es un buen escritor y se suicida de antemano, como dictan los cánones. Y no vende miles de libros ni baila frente al público: hace su trabajo. Y hojeando el diario de José María Vargas Vila me encuentro con esta frase que de pronto se me ha vuelto un espejo: “Debe ser muy bello morir, cuando el deseo es más grande que la vida; porque la mayor tristeza es una vida sin deseos”. ¿Una vida sin deseos? No se puede ir más allá.

Guillermo Fadanelli/eluniversal.com.mx

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