¡Vótame!

¡Vótame!
Los políticos quieren llegar a los jóvenes. Tengo 31 años, así que no tengo muy claro si soy joven. Probablemente no lo sea para los estándares publicitarios, pero aún no sangro cuando meo, así que pongamos que soy relativamente joven incluso para el siglo XXI.
Los políticos, por tanto, quieren llegar a mí. A nosotros. A los chavales y chavalas con derecho a voto, a los vigorosos consumidores de mercadotecnica, catálogos de Ikea online y pornografía pixelada.
Los partidos políticos desean ganarse a esta, nuestra generación perdida, pirata e indiferente, ese extraño cuerpo social que lo mismo ve a Chuck Norris en el tambaleante imperio de Roures que la última masturbación de David Lynch en Megaupload, esa masa informe conformada de ingenieros fugados por mil doscientos pavos al mes y torneros fresadores con hipoteca a 50 años, Audi y un polvo mal calculado con resultado de niña. Esa amalgama de generaciones que abarca del Siemens mierdoso al iPhone 4 con Spotify Premium, del niqui de KAS al vaquero cagado de Marithé François Girbaud comprado en una multimarca del casco antiguo. Esos desagradecidos barra as que no saben, porque no estaban, lo jodido que era este país antes de los padres de la Constitución, cuando Carillo iba de pelucas y se fumaba en los interurbanos, cuando el Technicolor empezaba en Pirineos y ver un pezón ajeno era cosa de europeos.
Y los políticos, siempre a la vanguardia del pensamiento lateral, han decidido que la línea más corta entre ellos y nosotros pasa por una agencia de publicidad. Porque, como todo el mundo sabe, en esos céntricos y asépticos lugares habitan los únicos profesionales capaces de contratar a una chica de 25 para hacer de madre de una de 18. Ellos son los grandes expertos de juventudes porque ellos la inventan y la alimentan, porque ellos deciden cuándo acaba. Esa gente coge la democracia, obsoleta como es ella, te la adapta al consumo de masas y, en menos que canta un brain storming, las personas se convierten en nichos que se convierte en targets.
Y en un tiempo y un lugar de listas electorales corruptas e imputadas, políticos de carrera y ladrones de vocación, en este tiempo y lugar de justicia prostituida e ideología cadáver, en esta era de adosados sobre fosas comunes, ruedas de prensa sin preguntas y notas de prensa transcritas, en este siglo en que el Estado del Bienestar se ha vuelto un lujo intolerable para cualquier país que se considere avanzado, los políticos se crean un blog, un Twitter y un perfil en Facebook.
Y nos llegan. Claro que nos llegan.
Pero, contra el pronóstico de esos fabulosamente maquetados planes de comunicación, algunos jóvenes decidimos que hasta aquí hemos llegado. Y que no votamos. Así no. A ellos no.
Porque, entre el caudal de ruido que los partidos y los medios nos generan, entre eslogan y twitt, vislumbramos una idea. Se nos ocurre que esos mismos que importaron el color a España con sus pactos de silencio y su Constitución inamovible y su Rey y su burbuja económica y su Cobi y su Curro y su GAL están todos acabados.
Que son fantasmas agonizando un país por un puñado de trajes y subcontratas, por unas lunas tintadas, por no volver al pueblo, a la notaría, al despacho, por no tirar la toalla y admitir que este país, nación de naciones, se les ha ido de las manos, que pase el siguiente y que tenga suerte.
Que España, otra vez, está al borde del abismo. La diferencia es que esta vez podemos elegir a nuestro líder en ese paso al frente.

Jose A. Pérez/http://www.mimesacojea.com/

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