Cartas de Artaud a México

Cartas de Artaud a México

El fusilero se pregunta qué dice un mandatario contemporáneo, en cualquiera de sus tres niveles, cuando cae en sus manos la carta que Antonin Artaud envía a lo señores gobernadores de los estados mexicanos en 1936 (Mésagges révolutionnaires, Gallimard 1971). Qué cara, qué gestos deja escapar cuando lee, si tiene esa habilidad, el mensaje del escritor francés. Cómo reacciona frente a la certeza del distinguido visitante, para quien el Tíbet de entonces y México eran los nudos de la cultura mundial, si bien la cultura del primero está hecha para los muertos, y la nuestra, “eterna”, siempre ha sido hecha para los vivos.

En los glifos mayas y en los vestigios toltecas se hallan los medios del buen vivir, dice el autor. Los nervios en un estado de excitación perpetua, es decir, completamente abiertos a la luz inmediata, al agua, a la tierra y al viento. “Sí, creo en una fuerza que duerme en la tierra mexicana. Es para mí el único lugar del mundo donde duermen fuerzas naturales que pueden servir a los vivos. Creo en la realidad mágica de estas fuerzas como se cree en el poder curativo de algunas aguas”.

El fusilero adivina risas, muchas risas, quizás no pocas carcajadas, la hilaridad desatada cuando el gobernante contemporáneo lee, si tiene esa habilidad, a un distinguido visitante del pasado evocar en todo momento a los vivos, a su cultura, a su lugar excepcional en el orbe siempre por el carácter absoluto de “lo vivo”, del tránsito “a la vida”. No menos risillas, por supuesto, si ya ha caído en sus manos El sueño del celta (Alfaguara 2010), de Mario Vargas Llosa, en el que uno de sus personajes expresa: “Nada se puede excluir del mundo de la política. No es la más limpia de las actividades humanas”.

Porque los políticos contemporáneos, gobernantes, funcionarios públicos, legisladores, suelen hacer cuentas en nuestros días no a partir de los vivos, como lo proponía Artaud, no a partir de la evocación de la vida, sino de los recuentos mortales. En el crepúsculo mensual con la cifra histórica de unos mil 400 ejecutados, los supuestos representantes del pueblo se lían a mantazos en la Cámara de Diputados y dejan leyes, todas con carácter de urgente y obvia resolución, a la espera de un eventual periodo extraordinario.

Porque mientras hoy, el 30 de abril de 2011, en el siglo XXI, termina el mes más sangriento de que exista registro, un gobernador y un senador del mismo partido, contendientes por la candidatura presidencial rumbo a 2012, miden fuerzas y juegan con las reformas como si de piezas de ajedrez se tratara. Hoy, cuando la violencia cunde, los partidos y los gobiernos son incapaces de firmar un papel para ordenar que se bloquee la señal de los teléfonos celulares en los presidios, desde donde todos los días se extorsiona a cientos de personas.

Cuando Roger Casement, el irlandés protagonista de la nueva novela de Vargas Llosa, cuenta los horrores del Congo de principios del siglo XX, plasmados después en un reporte oficial, el gobierno británico lo considera “un especialista en atrocidades”, por lo que lo comisiona a la Amazonía peruana, donde el personaje no deja de repetirse: “El Congo, otra vez. El Congo, por todas partes”. Pero hay barbaridades, abusos en esas libretas de antiquísimos viajes diplomáticos, noveladas por el Nobel, que distan poco del México moderno y obligan al lector a evocar a la nación de los muertos.

Artaud creía que el México de 1936 estaba frente a un “problema grandioso”: romper con el espíritu de todo un mundo y sustituir una civilización con otra. Después de dos o tres revoluciones, decía, no tiene por qué dudar de una más. Las risas de los sucesores contemporáneos de los remitentes, empero, no cesan.

Alfredo C. Villeda/mileniodiario


 

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