El Bonsái

Cuando mi abuelo dejó de trabajar su amigo Benigno le regaló un bonsái.
Creo que era un granado diminuto que tenía en la terraza y que cuidaba nada más levantarse. Primero recogía agua filtrada y pulverizaba con ella las hojas para refrescarlo y luego lo metía en un cacharro con agua para que tomara la necesaria. 

Disfrutó mucho cuando aparecieron las primeras flores y todos los días contaba los brotes nuevos. Ya tiene tres, ya tiene cinco, solía decir.

Mis tías le regalaron otros dos bonsáis muy bonitos, estos de interior, que no debía ponerlos en la terraza junto al granado.

Comenzó a leer libros que hablaban de bonsáis y compró un frasco de abono líquido para alimentarlos, mezclándolo con el agua del riego, y empezó a anotar en el calendario los días que tocaba añadirles el abono, y tuvo que poner una etiqueta en la botella en la que hacía la mezcla para que no se equivocara alguien y la confundiera con agua para beber.

Un día observó que a uno de ellos se le ponían las hojas lacias y se dio cuenta de que tenía falta de riego, pero si le ponía demasiada agua podían pudrirse las raíces, que eran muy delicadas.

El BonsáiOtro día vio con horror que su querido granado tenía unos insectos minúsculos que volaban y consultó sus libros y supo que estaba siendo atacado por la mosca blanca y se fue con urgencia a comprar un insecticida, pero se quedó decepcionado al leer las instrucciones que advertían que la mosca blanca era muy difícil de eliminar y se enteró más tarde de que si ponía una maceta con margaritas junto al bonsái enfermo el aroma de aquéllas, insoportable para las mosquitas, podía hacerlas huir.

Mi abuelo salió rápidamente a comprar un tiesto con margaritas y le costó mucho encontrarlo porque la gente no suele regalar margaritas que cualquiera puede coger en los prados y en los parques.

Puso la maceta junto al granado y era un tiesto más que tenía que regar todos los días y estaba muy preocupado porque no consiguió que desaparecieran las mosquitas y al regar los bonsáis tenía que tener mucho cuidado en separar los que no estaban infectados.

No sé dónde oyó que lo más eficaz para acabar con la mosca blanca era la mariquita, que se comía todos los bichitos sin causar daño al bonsái.

Mi abuelo ya no leía los periódicos porque no tenía tiempo y nada más levantarse se dedicaba a salir al campo para tratar de encontrar algunas mariquitas, pero como su vista ya no era buena no podía conseguirlo y nos encargaba a nosotras que se las buscáramos, pero se nos olvidaba casi siempre y cuando nos acordábamos no veíamos ninguna.

Él fue dejando sus paseos y se adentraba en la hierba de los parques cabizbajo y algunas veces le llamaban la atención los guardas que no entendían sus explicaciones y creían que estaba un poco loco.

Publicado por Jacinto Sáez-Díez González

http://sotaler.blogspot.com

 

Deja un comentario