El Espejo

El Espejo

Entre todos los objetos que nos rodean sólo hay uno que aparenta envejecer al mismo tiempo que nosotros, el espejo”. Esta cuestionable consideración de Eloy Tizónen en Labia, lleva consigo sin decir nada malo una seña mortal. El espejo de la casa no cambiará  de sitio ni materialmente se deteriorará lo suficiente para ser igual a nuestro deterioro de años pero su función, diaria y unívoca, lo lleva a fundirse con su naturaleza y la nuestra.

Pero el  espejo tan sólo refleja, no enferma. Da la estampa violenta de nuestra decrepitud pero él mismo no crepita en lo más mínima. Más que desvencijarse y madurar al compás de nuestro quebrantamiento y  madurez se mantiene unánime e incólume ante ellas. De ese modo es como su presencia materializa su especial crueldad. No habla, no tose, no protesta, no se duele. Impertérrito registra el derrumbamiento que el paso de los años se sitúa ante él. Pero no presenta por ello abatimiento alguno ni igual ni parecido al que sufrimos. Cualquier espejo cumple un proceso autónomo por cerca de nuestro ser que simule su presencia. Y ese proceso de desgaste con los años siempre será menos evidente que el nuestro y su posición,  siempre vertical, retrata con dura indolencia nuestro declive.

 Espejo luciente para la juventud bella, espejo trágico para la vejez irremediable. Ojalá, a la manera que lo veía Tizón,  envejeciera con nosotros y su decadencia proporcionara, mediante aberración, alguna coartada, un  reflejo supuestamente imperfecto.

Pero no: límpido y sultán, nos confunde y nos insulta.

Vicente Verdú/http://www.elboomeran.com/blog

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