El espíritu de la cama

El espíritu de la cama

Siendo la cama el lugar del amor e “irse con alguien a la cama” alude al gozo de la carne, no todo lo vivo y placentero le corresponde. Precisamente, en la cama se alternan el placer y el dolor, la postración de la enfermedad y el desahogo  de la pereza, el nacimiento brillante y la muerte opaca, como sus dos puros extremos.

Más asiduamente que lecho lujurioso, su guarecimiento emplea más horas amparando la circunstancia del enfermo. Cama y enfermo, enfermerías, hospitales y clínicas se oponen a las miles de habitaciones en los hoteles y apartamentos de ocio y de playa.

En la cama termina casi siempre una peripecia donde se cumple su importancia real.  Quien hace de la cama sede de su amor  contempla este dulce estrado como un bendito elemento de la vida pero, por el contrario, los estertores de la agonía vuelcan sobre su fama el amargo designio de lo aciago. Paralíticos, anémicos, quemados y  desahuciados apoyan su pesada anatomía en ella entregados a su irremediable destino. La cama aparece así como un estrado fundamental donde el cuerpo se deposita para padecer los últimos dolores y para morir dignamente humillado.

La acción de acostarse encierra  en suma una doble significación. Acostarse para disfrutar briosamente y acostarse para perecer honorablemente. Que la cama se halle presente de la misma manera en circunstancias opuestas la convierte en uno de los elementos más equívocos, amables y temibles del hogar. En el dormitorio la cama espera porque, antes o después, se teñirá de blanco o de negro, de suspiros o expiraciones. Y funcionando en el largo intermedio como el lugar superlativo del sueño.

El sueño se vierte sobre sus sábanas como una nocturna secreción involuntaria. No vamos a la cama deliberadamente a soñar nada ni se la considera especialmente como un templo donde se desgrana  el rosario del inconsciente pero, de hecho,  es en la cama donde se ofrecen noche tras noche infinidad de historias virtuales que la transforman, a oscuras, en la riquísima plataforma del otro mundo. Dentro del cómplice suceso del sueño se alumbran racimos de historias personales a granel,  tan  extrañas, imaginativas y memorables  que convierte ese catafalco en la planta más compleja de la irracional vida humana.

Con esta experiencia, unas veces la cama se ama y otras se teme puesto que su relación secreta con lo onírico crea un producto de navegación inextricable y de  materia tan especial que expertos del subconsciente lo toman como sustancia seminal para el conocimiento de la especie, uno a uno o en manada.

La humanidad no sólo se mea en la cama durante los primeros años, desprende semen en la adolescencia y babosidades en la ancianidad sino que siempre se halla bañándola de una humedad humana, cada vez más intrincada químicamente desde el oscuro orificio  del yo.

Esa cama no siente nada ni tiene habla. Se adquiere en almacenes que nunca ponen en relación sus propiedades  con la calidad de los sueños que propician  sino sólo con los sueños en bruto, sin etiqueta y sin argumento. Venden las camas para soñar precisamente en  nada. Venden las camas para soñar en sí como si tal resultado fuera posible. Venden, en fin, estos muebles como artefactos para reposar, más o menos blandos,  más o menos anchos. El confort de la cama es el extremo sumarial de la venta pero ¿qué decir de sus efectos sobre el imaginario que pronto desencadenan? ¿Cómo obviar en la consideración de este instrumento el probable malestar que dobla al bienestar,  el peso de la pesadilla que siguiendo su tendencia  natural conducirá desde el malestar, más o menos soportable, a la muerte final entre sus ropas?

Vicente Verdú/http://www.elboomeran.com

 

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