El éxito de caer

El éxito de caer

Muchas veces me entretuve de madrugada leyendo caligrafía de apretón en las puertas de los retretes de los bares mientras, y si nunca tomé nota de las interesantes ocurrencias fue porque me empeñé de muchacho en evitar las reproducciones y ser el autor de cada frase que escribiese. También he huido de los refranes, temeroso de que el tambor de su estribillo se apoderase de mi escritura y la convirtiese en una retahíla de frases hechas, en un convoy de fórmulas, en una especie de hormiguero al que solo mereciese la pena rociar con insecticida. Para sortear la resistencia literaria de un redactor jefe recurrí a tomar como referencia el nombre de Oscar Wilde, aunque siempre fueron míos las reflexiones y los aforismos que tantas veces le atribuí al floreado talento irlandés pensando en vencer la censura de aquel idiota. Yo no sé si mi decisión de evitar lo formulario es la correcta, pero en mis días de marinero en la Armada me di cuenta de que el recluta que destacaba en la perfecta formación de la brigada era precisamente el que llevaba cambiado el paso. Supongo que en mi devoción por esa resistencia a lo reglamentario está el origen de muchas de mis desgracias profesionales y la razón por la que tuve sonados fracasos emocionales que en un par de ocasiones dieron conmigo en el psiquiatra. He querido siempre ser díscolo en la escritura y en la vida, reacio a las instrucciones y a las normas, incluso resistente a seguir el camino que parecía evidente que podría conducirme al éxito. Nunca se me ocultó que mi manera indisciplinada de entender la vida solo podría acarrearme disgustos y la verdad es que he recibido muchos palos para que volviese al camino. Mis obedientes colegas progresaban en el periódico, copaban los mejores puestos y no tenían, como yo, un coche en el que con las lluvias del invierno se me encharcaban los pies. La verdad es que llegó un momento en el que conseguí dominar mis amarguras y me hice resistente al dolor. Supe entonces que en este oficio se puede  conseguir cierto éxito cultivando con tenacidad el fracaso hasta convertirlo en un verdadero logro, como ocurre con esas lombrices de California con cuyo asqueroso detrito se abonan los jardines en los que brotan luego las flores más fragantes.

José Luis Alvite/larazon.es

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