El Raro

El Raro

Todos tenemos algún amigo raro. El mío me viene desde la infancia. Colecciona ciprinos dorados naturalizados. En su despacho, las paredes están ocupadas por decenas de tablas con ciprinos disecados. Un pez disecado no es como un pato mandarín en la misma situación. La taxidermia no ha conseguido dominar la belleza del pez. El ciprino dorado, por otra parte, es un pez absurdo que no es dorado, sino rojo. Vive en los estanques. Existen numerosas variaciones, pero todas carecen de interés. Mi amigo los busca en Japón y China, y está encantado con ellos. Sus viejos compañeros le decimos «El raro», y está acostumbrado. Nos lo tolera por el enraizado afecto que nos une desde los años del colegio. Pero el pasado martes se agrietó su paciencia. Hablábamos de los planes de cada uno para la Semana Santa. El mío, como revelé dos días atrás, se chafó por culpa del cartel de Tomás Gómez, el «Invictus», del que dice Lucía Figar que habría de denominarse «el Ridiculus». Ya estaba en Benidorm aguardando con impaciencia que llegara la hora de acudir a una de las casas de los Pajín para saborear su arroz con bogavante cuando tuve que retornar a Madrid para contemplar a Gómez vestido de guerrero medieval cubriendo todo el Palacio de la Prensa. Confieso que me compensó el esfuerzo y la renuncia a la paella de los Pajín. En mi vida había visto cosa igual. Pero a lo que iba. «El raro», al que le salen los euros por las orejas, nos dio a conocer su destino. Las islas de Ryu-Kyu, sitas en el mar de la China, donde habita el más espectacular ciprino dorado del mundo. El ciprino dorado de Kyu, cuya cola triplica en tamaño al resto del cuerpo. Fue cuando otro amigo común le soltó la frase hiriente. «Eres más raro que la guerra de Libia». Entonces, se incorporó enfadadísimo y fuese.

La guerra de Libia es consecuencia de un calentón de Sarkozy, una chorrada de Obama y un pelotilleo de Zapatero. No es necesario –insisto– que pasen cuarenta años para que los dirigentes occidentales se aperciban de la calaña del pájaro de Gadafi. No peor calaña que la de los tiranos de Siria e Irán, a los que nadie se atreve ni a soplarles en los bigotes. Y para colmo, nuestras ministras de Defensa y Asuntos Exteriores, la inteligente Carmen Chacón y la sonriente Trinidad Jiménez, la quieren hacer más rara aún ampliando los cometidos de nuestras tropas hasta allí desplazadas. La guerra de Libia es tan rarísima que nadie habla de ella en sus conversaciones de barra, peluquería o casino provinciano, que son los tres bastiones parlamentarios de España. Más de un mes se lleva guerreando en Libia, y al personal le importa un bledo donde están los rebeldes que nadie sabe que rebeldía representan, ni que ciudades han recuperado los leales a Gadafi, ni qué operaciones llevan a cabo los aviones occidentales, ni que pamplinas más. Para mí, que todos están deseando encontrar la conveniente excusa para dejar que los libios se entiendan o machaquen entre ellos, exceptuando a nuestras aguerridas ministras, tan empecinadas en aumentar la presión combativa y combatiente. Nos está saliendo el calentón de Sarkozy, la chorrada de Obama y el pelotilleo de Zapatero por un ojo de la cara, y hasta la fecha, no ha servido para nada la intervención occidental, que no es de paz sino de guerra. En lugar de incrementar objetivos, lo que hay que hacer es recuperar a nuestros soldados, depositarlos en España y permitir que esa guerra extrañísima la libren los interesados, es decir, los partidarios del canalla de Gadafi y los partidarios de los rebeldes apoyados por Al Qaida, que están recibiendo nuestro apoyo. Raro, raro y raro.

Alfonso Ussia/larazon.es

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