No hubo diseño

No hubo diseño
Ilustración: Alfredo San Juan

Explicar la vida y el universo como obra de un Gran Diseñador es, la verdad, la hipótesis más sencilla y más parsimoniosa porque no emplea sino un dato y uno solo: Dios. Pero tiene el defecto, no pequeño, de que Dios resulta inexplicado y en ese caso, mejor dejamos inexplicado el universo. Y nos ahorramos un paso, diría en paráfrasis de Sagan.

El problema con el Gran Diseño es que nos pone ejemplos bobos, como encontrar un reloj que nadie haya fabricado: es ridículo, dicen, suponer que un reloj se formó porque, al azar, sus átomos se organizaron. Muy cierto: pero los relojes no pasan por un proceso de selección natural de sus diversas mutaciones que los vaya perfeccionando. Eso lo hacen los relojeros humanos.

Pero en un punto tienen razón los creyentes: el número de casualidades para que surgiera la vida son tantas que cualquier persona sensata puede responder que le parecen demasiadas. Se me ocurre una respuesta:

Si tenemos un millón de boletos de a peso, vendidos todos, ¿cuál es la probabilidad de que una persona p se saque el millón? Es 1/1000,000, un millonésimo. Ni esperanzas de acertar. Pero formulemos la pregunta de otra manera: ¿Cuál es la probabilidad de que una persona x, una cualquiera, se saque el millón de pesos? Es 1. Es total, cierta: alguien se lo va a sacar. Si no definimos primero el resultado (el millón para mí) no tenemos problema. Pero si, habiéndolo definido me lo sacó nadie pondrá en duda que hice trampa.

Exactamente eso le hacemos a la vida y al universo: como vemos el resultado del azar nos parece demasiado azar. Pero si aceptamos miles de millones de sistemas solares con ensayos fallidos durante miles de millones de años, lo raro sería que la materia nunca se organizara en la forma que llamamos vida. Como sería extraordinario que nadie jamás acertara los seis números del Melate. Volvamos al experimento princeps de Stanley Miller: un botellón, agua, elementos inorgánicos y descargas eléctricas, y se integran aminoácidos esenciales para la vida. También los encontramos en meteoritos caídos del espacio. Luego la evolución hace lo demás.

Pero… y es un gran pero: la existencia de esos elementos básicos también debe ser explicada: carbono, oxígeno, hierro, calcio… ¿Cómo se formaron? El universo recién nacido era de tal densidad y calor que impedía la formación de átomos. Al aumentar de tamaño por la energía del Big Bang comenzó a perder calor… y ya tenemos un problema: una ley de la física (de Boyle y Mariotte) nos dice que a mayor volumen menor presión y calor. Lo saben los fabricantes de ollas exprés. ¿Y por qué existe esa ley, esa correlación inversa, y no otra?

Para explicar los elementos más pesados que el hidrógeno y el helio debemos considerar una primera generación de estrellas: hidrógeno que se concentra por gravitación y, cuando su masa es suficiente, los átomos comienzan a fusionarse: se enciende una estrella. Aquí tenemos otro par de problemas: ¿por qué existe la fuerza gravitatoria? Una vez conocida explicamos las estrellas y la formación, en sus núcleos, de elementos pesados que al morir esas estrellas en un estallido son lanzados a todo el universo.

Pero debemos explicar no sólo la gravitación, sino sus características: ¿por qué disminuye con el cuadrado de la distancia y no con el cubo? Si otra fuera la gravitación, otro sería el universo. ¿Y la fuerza que une átomos, y núcleos de átomos y quarks del núcleo en protones y neutrones: la fuerza fuerte? ¿Por qué existe? ¿Y el electromagnetismo, la luz…?

La respuesta trivial es que de no ser así no habría habido nadie que se lo preguntara. Los astrónomos y cosmólogos han ido acumulando tal número de casualidades, por ejemplo para la existencia del carbono, que, de nuevo dejan que Dios se cuele como mejor explicación, si bien cada vez más arrinconada: las leyes de la física las estableció Dios con el fin único de que existiéramos para rendirle homenaje.

La explicación científica es más aterradora: habitamos, como quien se sacó el millón, en una de las infinitas variantes de universos que surgen de y se desploman a la nada, unos crecen sin estrellas, tienen otras fuerzas básicas, viven un instante. Todas las posibles historias pasadas y futuras existen. Una imagen sería una tina de baño llena de agua jabonosa y burbujas. Y estamos en una de tantas. El cosmólogo Max Tegmark ha creado una taxonomía para esos universos.

“De la misma manera que las coincidencias ambientales de nuestro sistema solar [estrella adecuada, distancia correcta, órbita casi circular, etc.] fueron convertidas en irrelevantes al darnos cuenta de que existen miles de millones de sistemas planetarios, los ajustes finos en las leyes de la naturaleza pueden ser explicados por la existencia de miles de millones de universos […], sin necesidad de un Creador benévolo que hiciera el universo para nuestro provecho”, dicen Hawking y Mlodinow en El gran diseño. No se lo pierda.

Maravillas y misterios de la física cuántica (Cal y Arena, 2010).

Luis Gonzalez de Alba/mileniodiario

Mi página web: www.luisgonzalezdealba.com

 

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