Crónica de una derrota anunciada

Sin mayor sorpresa, el Partido Popular ganó la elección española con mayoría absoluta. De acuerdo con los sondeos, los comicios iban a marcar también una debacle sin atenuantes para el PSOE. Desde 1982, cuando ese partido se alzó, de la mano entonces de Felipe González, con 202 diputados de 350 posibles, ningún otro partido había alcanzado una mayoría tan holgada, como los 195 escaños que las encuestas le adjudicaban esta vez al PP.

Este escenario, cantado desde hace meses, es consecuencia de la pobre gestión del segundo gobierno de Zapatero. Llegada al poder en medio de altas expectativas, esa administración se va en medio de grandes abucheos de parte de propios y extraños.

Crónica de una derrota anunciada

Demonizado por la derecha española que en su aborrecimiento sin límites al todavía presidente español le ha llegado atribuir poderes ocultos y hasta sobrenaturales, lo ha culpado, entre otras monstruosidades, de siniestras colusiones con ETA para llegar al poder, de la ampliación del aborto, o de haber legalizado el matrimonio entre personas del mismo sexo. Zapatero es ahora repudiado también por sus antiguos incondicionales, quienes se sienten traicionados por el golpe de timón que se vio obligado a dar como consecuencia de la crisis financiera que azota a España.

Obligado por el trance económico, el gobierno de Zapatero no tuvo más remedio que tomar medidas draconianas que comportaron severos recortes al gasto social que había sido su bandera. La prima de riesgo española estaba entonces en 164 puntos básicos (100 puntos básicos equivalen a un punto porcentual; ahora ronda peligrosamente los 500).

Empujado por los mercados y las agencias calificadoras, Zapatero también congeló las pensiones, rebajó el sueldo de los funcionarios y, en definitiva, adoptó las medidas de ajuste más drásticas de la democracia, en un giro que ha hecho trizas el capital político que aún conservaba. Todo ello no ha bastado para atajar la carcoma generada por la crisis. Hoy España tiene 5 millones de desempleados igual al 20% de su población activa.Es evidente, tal y como ha clamado el propio Zapatero en repetidas ocasiones, que su gobierno no fue el causante de la crisis, lo que no lo exculpa de haber intentado minimizarla primero, y de no haber sabido explicar a la población la necesidad imperiosa de llevar a cabo los ajustes.

El candidato conservador no ha tenido que esforzarse apenas. Con ambigüedad calculada, Mariano Rajoy evitó los temas espinosos que pudieran espantar al electorado indeciso. Todos hablan de un programa oculto del PP que apenas y se ha explicitado.

Es evidente, no obstante, que un gobierno conservador emprenderá con menor dificultad mayores recortes de lo que aún queda del Estado de Bienestar español.

Queda por ver también si les será tan fácil poner en práctica nuevos ajustes, a tenor de las protestas que sacuden a España desde hace seis meses.

En efecto, el movimiento de los indignados ha mantenido sus movilizaciones a días escasos de los comicios. Es muy probable que éstas se incrementen y suban de tono ante la victoria electoral del PP. Rajoy enfrentaría así el descontento popular desde el primer día de su gestión. El primer ministro británico, David Cameron, sabe bien lo que es ganar una elección y enfrentar enseguida la agitación social por una política de recortes.

Con su abstención, o bien sus llamados a votar por opciones minoritarias que rompan el bipartidismo, los indignados podrían infligir un duro golpe a los socialistas y apenas un leve rasguño a los populares.

Formaciones menores como Izquierda Unida, EQUO, el Partido Anticapitalista o Unión Progreso y Democracia, de la ex socialista Rosa Diez, se verán, sin duda beneficiados por este voto de castigo.

No obstante, el hecho de que vayan separados y dispersos conferirá un papel meramente testimonial y poco efectivo a sus bancadas en el Parlamento español, incapaces de hacer frente a la aplanadora del PP.

A 34 años de haber celebrado su primera elección, la joven democracia española parece hoy desgastada y prematuramente envejecida. Un rasgo que le fue fundamental parece haberse perdido sin remedio. Cuando ganó las primeras elecciones democráticas en 1977, Adolfo Suárez tenía sólo 45 años. Cinco años después, Felipe González asumía la presidencia con 40 años escasos. José María Aznar fue presidente a los 43; Zapatero a los 44.

En la elección de ayer contendieron dos caras viejas y demasiado vistas: Mariano Rajoy, de 56 años, quien fungió como ministro del Interior en los gobiernos de Aznar y que fue candidato derrotado en dos elecciones, y Alfredo Pérez Rubalcaba, de 60, quien fuera ministro en tiempos de Felipe González.

No habrá relevo generacional en esta elección ni, por lo visto, ideas nuevas, en un momento en que España enfrenta una muy dura prueba.

Mario Ojeda Revah/mileniodiario

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