De bicicletas, hombres ilustres y panteones

Escrito por: Ángeles Mastretta

De bicicletas, hombres ilustres y panteones

Sí tuve un tiempo en que los panteones me atraían con su desdén del mundo y sus árboles íntegros. Cuando llegaba a una ciudad preguntaba en dónde vendían los mejores helados y por dónde me iba al panteón. En mi afán turístico que buscaba el aire indiferente de los cementerios, fui incluso al panteón de Cozumel. Un día perdí la mañana de playa para caminar bajo el sol impío en pos de la tumba en que se pierden los abuelos de un mi amigo del alma. Encontré un lugar muy distinto a los conocidos. Ahí las tumbas son de colores: rojo, amarillo, verde radiante y rosado alborotador. Sólo en Puerto Rico y en Chetumal he vuelto a ver algo así.Bonito. Ya lo dije, un tiempo me atraían los panteones. Y es de aquel tiempo largo del que aún guardo el gusto por visitar la “Rotonda de los hombres ilustres”, (ahora de las personas ilustres) en el centro del panteón de Dolores, no muy lejos de mi casa. La rotonda es como un pequeño teatro circular, que abajo, en el centro, tiene ardiendo una llama. Alrededor hay unas escaleras en las que la gente puede sentarse a mirar hacia las tumbas mientras cuida la flama y siente, porque no es cosa de pensar, la dichosa levedad que es la vida. Todos quienes duermen alrededor, quienes se han vuelto polvo y ya no existen sino en nuestras cabezas, tuvieron sueños enormes, algunos de los cuales alcanzaron a ver. La rotonda la inventó Porfirio Díaz y están enterrados ahí muchos de quienes se hicieron héroes en las batallas para defender a México de las invasiones que sufrió en el siglo diecinueve. También hay poetas, músicos, pintores, científicos. A mí me gusta visitar la tumba de López Velarde, la de Agustín Lara, la de Amado Nervo y la de un pariente lejano que fue presidente del país cuando el país era un sueño en la cabeza de unos cuantos. Un día traje hasta ahí algo de la tierra que encontré alrededor de la tumba de mi padre en el panteón Francés de Puebla. La puse en el pasto que cerca la rotonda y hasta canté alguna cosa mientras lo hacía. Pero todo eso era antes de que muriera mi madre y la muerte perdiera toda su melancolía para convertirse nada más en el abismo de lo que uno pierde para siempre, como se perderá a sí mismo alguna vez. Ya no voy casi nunca a los panteones. Aunque todavía piense que son un buen lugar para pensar. Y que a veces sus jardines son útiles. Mateo mi hijo y Arturo mi sobrino aprendieron a andar en bici sobre el piso alisado de un panteón en silencio por el que sólo corría la euforia de su risa. Nadie pensaba entonces en los muertos.

Ahora sí. Porque depende de la edad y del ánimo. Creo que cada vez habrá menos de estos lugares y que terminarán por no existir. Las pequeñas piedras de mis padres están ahora en el jardín de la casa. Y no sé en dónde quedarán las mías. Ni me importa. Como ya entré a la época de las reiteraciones que tienen perdón, volveré a decirlo: Somos lo que dejamos en los otros.

Punto final: Qué gran conversación la de ayer aquí mismo. Son ustedes un grupo fascinante. Si las cenizas de uno se pudieran echar al internet, como se echan al aire, sería bueno quedarse en la red: jugando.

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