Días de miedo

Días de miedo

He escuchado a niños y niñas preguntando a sus padres con voz trémula y el rostro pálido si es verdad que el mundo se va a acabar muy pronto. Han escuchado en los medios cualquier cantidad de cosas a propósito de un desastre.

No es que seamos más pesimistas así nomás, en abstracto. En realidad tenemos muchas y muy buenas razones para vivir con miedo, con angustia en todo el mundo. Las cada vez más frecuentes advertencias sobre la inminencia de las horas finales del mundo no sólo dejan ver ese ánimo tan extendido entre millones de individuos, también lo agudizan y generalizan. He escuchado a niños y niñas preguntando a sus padres con voz trémula y el rostro pálido si es verdad que el mundo se va a acabar muy pronto. Diarios y revistas, estaciones de radio y canales de televisión arrojan todos los días una piedra que hace añicos la escasa seguridad de muchos. Hablan de lluvia de meteoros, de estallidos solares, de objetos espaciales que podrían caer sobre nuestra cabeza en cualquier momento, de lluvias torrenciales, terremotos y tsunamis.

Cuando Orson Welles puso a temblar a los estadunidenses con sus advertencias difundidas a través de la radio a propósito de una invasión de los marcianos no puso en evidencia solamente el poder inmenso de los medios de comunicación sobre las masas, puso también a la vista su condición casi natural de medrosas e irreflexivas. Pero esa multitud que en el verano de 1938 se dejaba arrastrar por el pánico mientras escuchaba el anuncio de la emisión radial de Welles deLa guerra de los mundos tenía otros motivos más concretos para vivir con el alma en un hilo. Unos meses antes, en marzo, el gobierno de Adolfo Hitler se había anexado Austria y sus tropas avanzaban sobre Checoslovaquia mientras los judíos sufrían persecución, confinamiento y muerte, y en España las tropas falangistas habían realizado en Barcelona intensos bombardeos sobre la población civil. En México, el presidente Lázaro Cárdenas había emprendido la nacionalización del petróleo despertando la furia de los estadunidenses. Poco menos de tres años más tarde, Estados Unidos estaría entrando a la segunda gran guerra. Ni modo de no hablar en esos días del fin del mundo: todos lo veían venir con uniforme militar.

Y hay que decir aquí que bien pudo llegar en las horas más difíciles del nazismo, cuando a Hitler lo agobiaba el pánico de cara a una derrota inminente en el frente del Este. Le habría ordenado entonces a Albert Speer, su ministro de Armamento, que le entregara a la brevedad una bomba atómica. La respuesta de Speer acabó destrozando el ánimo del Führer: “ni siquiera tenemos níquel para fabricar balas”.

Posiblemente el mundo estuvo en aquellos días más cerca del final que nunca, pero el peligro se convirtió en un hábito que mitigaba un poco el miedo.

En nuestros días todo es más incierto. Como puede que sí, puede que no. Hemos escupido demasiado al cielo para mantener nuestra cara limpia. Ese modo de vivir al borde del abismo, esa incertidumbre tan extendida, puede ilustrarse perfectamente con la imagen de aquella mujer que recibió hace unos días un golpe mortal mientras visitaba a su hijo en un barrio de las orillas de Buenos Aires. Nadie supo que sucedió. Los testigos describieron una bola de fuego que cayó del cielo y se estrelló contra las casas. Ante los medios, un científico local trató de hallar una explicación creíble: “pudo haber sido un meteorito o cualquier otra chatarra espacial”. Otro científico se empeñó en dejar claro que no es lo mismo hablar de una bola de fuego que de chatarra espacial, pero convino un poco a regañadientes en que “podría ser algo así”. Si el suceso hubiera ocurrido el 11.11.11 muchos habrían quedado satisfechos ante una señal de que las profecías apocalípticas comienzan a cumplirse.

Cuando los científicos de la NASA advierten que los restos de un satélite podrían caer sobre la Tierra o que un asteroide de buen tamaño está a punto de pasar muy cerca de nuestro planeta, no hay que mirar siquiera el calendario antes de ponerse a buen resguardo. Qué importa si es el 11.11.11 o no, el caso es que estamos ante una previsión de desastre colectivo.

Héctor Rivera/mileniodiario

Deja un comentario