Días sin precio

Días sin precio

Tratándose de su relación sentimental con las mujeres, es difícil que a cierta edad un hombre corriente defienda con sinceridad la idea de que la literatura es más persuasiva que el dinero. El imperio categórico del lirismo es algo que pertenece a la adolescencia, ese tiempo dulce y trivial en el que la chica que nos gustaba se conformaba con una frase azucarada. Yo recuerdo haber colmado hace muchos años las aspiraciones de mi chica invitándola a compartir al anochecer la línea seis de los autobuses urbanos. La verdad fue que aquello duró sólo hasta que una amiga suya le hizo  ver que el verdadero placer lo conseguían aquellas otras mujeres capitalinas que alternaban con hombres que lo que les ofrecían no era un asiento hemorroidal en el autobús urbano, sino un coche negro más limpio que la higiene y un palco en la ópera. Es cierto que vinieron luego tiempos mejores y que el ocaso de aquella adolescencia decepcionante coincidió con una etapa de relaciones menos interesadas, en contacto con mujeres autosuficientes. Viví una etapa sentimental muy productiva de la que guardo imborrables recuerdos. Fueron años de pasión y de frases, formidables días sin precio en los que fui sinceramente feliz mientras disfrutábamos ajenos a los valores materiales y a mí me parecía que, por el influjo de la literatura y las canciones, atusaba el cuerpo de las mujeres la emanación flambeada y erótica del baile. Lo malo es que un día ella tuvo un acceso de cruda realidad y se largó con un tipo del que se decía que en su bolsillo la moneda más pequeña era un billete del tamaño de un abanico.

José Luis Alvite/larazon.es

Deja un comentario