Impiedad del Infierno

Impiedad del Infierno
Pintura de El Bosco

El infierno fue en un tiempo mi obsesión infantil. No una obsesión terrorífica, sino narcisista, propicia a la omnipotencia más que al miedo.

Así lo demuestra el hecho de que a los pocos años de vida anduviera por el patio de mi casa clavando clavos sobre clavos en la tierra húmeda del trópico con el afán de alcanzar con ellos la cabeza del diablo, y poner fin a su indigna existencia.

Ignoraba el origen divino o semidivino de los ángeles caídos y también, claro, el límite terrenal de mis poderes.

Mis litigios posteriores con el infierno, aún sin creer en él ni en la doctrina de sacristía que propagó su noción en mi pobre enseñanza religiosa, tuvieron que ver con su impensable carácter eterno.

Me atormentaba más la idea de un sufrimiento sin fin que la del sufrimiento físico de las llamas adjuntas, y la monstruosa simultaneidad de que un cuerpo pudiera quemarse eternamente sin consumirse nunca.

Este es precisamente el horror que aclaró Borges en unas breves páginas llamadas “La duración del infierno” en su libro Discusión, de 1932.

Borges desecha como central la “admirable” invención del infierno, “la mitología simplísima de conventillo —estiércol, asadores, fuego y tenazas— que ha ido vegetando a su pie”.

Lo aterrador, agrega, es la noción estricta de un lugar de castigo eterno para los malos, “situado en un lugar preciso, diverso del que habitan los elegidos”.

“En el capítulo quincuagésimo de su historia”, sigue, “Gibbon quiere restarle maravilla al Infierno y escribe que los dos vulgarísimos ingredientes de fuego y oscuridad bastan para crear una sensación de dolor, que puede ser agravada infinitamente por una perduración sin fin”.

Como sugiere el mismo argumento de Gibbon, “la preparación de infiernos es fácil, pero no mitiga el espanto admirable de su invención. El atributo de eternidad es el horroroso”.

Despeja luego los argumentos morales o metafísicos sobre qué culpa infinita, por qué infinito pecado puede ser merecedora de un infinito infierno.

Concluye admirablemente:

“Yo creo que en el impensable destino nuestro, en que rigen infamias como el dolor carnal, toda estrafalaria cosa es posible, hasta la perpetuidad de un Infierno, pero también que es una irreligiosidad creer en él”.

La noción de eternidad del Infierno incluye la de un castigo tan salvaje que resulta impío. Ya su admirable invención es una prueba de que, como escribió en algún sitio Nabokov, el cerebro puede ser la más refinada máquina de tortura que ha inventado el hombre.

Héctor Aguilar Camín/mileniodiario

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