La cremallera

La cremallera

Nunca supe muy bien a qué se refiere alguna gente cuando habla de la inteligencia. A veces se considera inteligente al tipo que en realidad sólo es instruido o erudito gracias a que su memoria le permite retener lo mucho que ha leído a lo largo de su vida. También a quien carece de conocimientos pero brilla por su fina intuición o aplica con sabiduría el dictado de sus instintos. Hay muchas clases de inteligencia, incluso creo que existe una inteligencia que consiste en negar su reconocimiento para no verse obligado a su constante demostración. A mí no me cabe duda de que a veces se necesita ser muy inteligente para no parecerlo, del mismo modo que muchas personas desarrollan un pudor especial para disimular su descaro. En sus relaciones con los hombres, muchas mujeres deciden renunciar a su inteligencia porque temen ahuyentar a sus parejas. Se convierten entonces en personajes en apariencia vacíos, en abnegadas esclavas de una belleza banal y cosmética en la que se gastan cada día una buena parte de su presupuesto. Sin duda saben que muchos hombres son unos seres instintivos, visuales y voraces que lo que buscan en ellas no es su inteligencia, o su talento, sino su apariencia, su floración, su carne, y que lo que en principio esperan de una relación no es llegar sin prisa al cerebro apasionante de la mujer, sino alcanzar cuanto antes su alcoba. Eso es así desde la noche de los tiempos y dudo que tenga remedio. Enfrentados a la sexualidad, los hombres por lo general sólo descubren los portentos intelectuales de las mujeres a partir del momento en el que ya no son capaces de reaccionar a los estímulos de su belleza y adoptan una actitud inteligente para disimular su inferioridad fisiológica. No importa. A veces en los hombres la inteligencia es la consecuencia menos mala de la disfunción eréctil. Ellas lo saben y lo aceptan. Aunque las sexólogas disponen de estudios formales al respecto, yo siempre me he fiado más de las fulanas, que si saben algo de los hombres es sobre todo gracias a que no los conocen sólo de haberlos encuestado por correo o leído en un viejo fascículo del doctor López Ibor. Me lo dijo de madrugada una de esas fulanas en el antro desde el que observaba cada noche la conducta de sus clientes: «Soy lo bastante inteligente como para vivir de mi atractivo físico. También reconozco que tengo éxito gracias a que a los hombres el sexo les nubla la razón. Ellos buscan el placer y yo necesito el dinero. Con el tiempo me gustaría dar con un hombre que comprenda mi cerebro; de momento, encanto, me conformo con que entienda a oscuras la cremallera de mi vestido».

José Luis Alvite/larazon.es/opinión

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