Las preguntas del extranjero

Las preguntas del extranjero

Unos amigos norteamericanos me preguntaron anoche por la situación española. Les desgrané algunas de las dificultades que tuvieron a España en agosto al borde del rescate financiero, les conté las cifras del paro, les hablé de la burbuja inmobiliaria, y les relaté las perspectivas que daba el CIS: mayoría absoluta del PP, que se haría cargo del Gobierno en medio de un panorama que parece aterrador y del que saldría el PSOE mucho más que trasquilado. Les pregunté por Estados Unidos, por Obama y por el porvenir. Obama no ha convencido, en ningún momento se hizo con las riendas del país, la economía fracasó con él, y arrastró al mundo entero a esta crisis que ahora padecemos todos, y tendrá muy difícil hacerse con la reelección. Al contrario que en España o que en los países europeos, su responsabilidad no es directa, pues el presidente de Estados Unidos sólo tiene poder para iniciar guerras o repelerlas, pues de resto son las cámaras las que mandan, y si no tiene la mayoría en las su partido sus iniciativas se pueden ir al garete, como ha ocurrido en algunas de las medidas esenciales que quiso llevar a cabo. Pero fue incapaz de convencer a los adversarios para que se pusieran a su lado, y eso aquí se paga para siempre. Por otra parte, una de sus promesas más espectaculares, que se acabaría la cárcel de Guantánamo, cuya desaparición era un símbolo de su política de derechos humanos, no se pudo cumplir, porque no pudo, no quiso o no supo. Luego hablamos de Grecia. Uno de los reunidos dijo que probablemente habría que perdonarle todo a Grecia, porque nos dió a Platón. En serio, dijo otro, cómo es posible que Europa le diera tanto si mintió tanto el Gobierno que precedió a Papandreu. De algunas de esas cosas, de algunas de esas preguntas, sobre todo en lo que se refiere al incierto porvenir de la Europa antes pletórica y unida, hablé por la tarde con Orhan Pamuk, el premio Nobel turco, cuyo libro El novelista ingenuo y sentimental (Mondadori) recomiendo vivamente a los que quieran leer las confesiones de un excelente lector. Y ya me voy; hoy comeré poco porque el avión sale pronto, de modo que los blogueros que han expresado su consternación porque ceno pueden estar tranquilos. Ya comeré mañana en mi casa, en Madrid, antes de ver el partido del siglo de esta semana, Athletic-Barcelona. Ahora, desde mi cuarto en Soho, la luz de la mañana es pletórica, pero sé que debajo de ese disfraz hace un frío que obliga a caminar como si uno fuera un oso abrigado.

Juan Cruz

http://blogs.elpais.com/juan_cruz/

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