Los sinsabores del poder

Recojo algunos testimonios de los que se han aventurado a escribir sobre los últimos años de quienes han gobernado en México.

Los sinsabores del poder

Juan José Rodríguez Prats

 

Quienes ejercen el poder político suelen sufrir un impacto demoledor, se transforman. El poder obnubila, hace olvidar los más elementales deberes. Sucede en todos los pueblos, pero en nuestro país el efecto parece ser más pronunciado. 

Mucho se ha hablado de las características propias del mexicano en relación con este tema. Recojo algunos testimonios de los protagonistas, de los historiadores o de los que se han aventurado a escribir sobre los últimos años de quienes han gobernado en México.

El 15 de mayo de 1822, Agustín de Iturbide, con desasosiego, manifestaba:

¿Qué es México hasta ahora? Sin constitución, sin ejército, sin hacienda, sin división de poderes, sin estar reconocidos, con todos sus flancos descubiertos, sin marina, inquietos, insubordinados, abusando de la libertad de la prensa y de las costumbres. Insultadas las autoridades, sin jueces y sin magistrados. ¿Qué es México? ¿Se llama esto una nación?

En El seductor de la patria, Enrique Serna relata que, en sus últimos días, Antonio López de Santa Anna sufría de alucinaciones. José Manuel Villalpando y Alejandro Rosas, en Presidentes de México, apuntan: “Siempre aspiró a regresar al poder. Viejo y decrépito pasaba frente a Palacio Nacional para que al menos la Guardia lo saludara”.

En las Memorias de Sebastián Lerdo de Tejada, escritas por Adolfo Rogaciano Carrillo, el resentimiento de Lerdo es manifiesto al descalificar a sus contemporáneos y señalarlos como despreciables. Hay una frase contundente, reflejo de su amargura y su frustración: “Las celebridades mexicanas nacen a la luz de los cohetes: para ellas, más que la tinta, debió haberse inventado la pólvora”.

En su libro Pobre patria mía, Pedro Ángel Palau hace un profundo y bien documentado análisis de los últimos años de Porfirio Díaz. A sugerencia del historiador Luis González, hace hablar al viejo: “Los tristes acontecimientos les dirán que a México sólo puede gobernársele como yo lo hice, a golpes”.

Adolfo de la Huerta terminó dando clases de solfeo en Los Ángeles, California.

Ya se ha confirmado: Álvaro Obregón no fue asesinado sólo por León Toral. Algunos de sus correligionarios dispararon en contra suya.

En un ensayo sobre Plutarco Elías Calles, Ignacio Solares describe al jefe máximo -perseguidor de los creyentes católicos, a quienes combatió con saña y crueldad- consultando a espiritistas y recibiendo mensajes del más allá.

Estudié la vida de Adolfo Ruiz Cortines. Aunque no manifestó amargura en sus últimos años, murió en soledad, acompañado de su leal amigo Manuel Calderas.

La novela de Fabrizio Mejía Madrid, Disparos en la oscuridad, retrata a un hombre con delirio de persecución y de ira desbocada: Gustavo Díaz Ordaz.

Rogelio Cárdenas Estandia hace un trabajo espléndido en su Entrevista no autorizada de Luis Echeverría. Retrata a un hombre con profunda amargura, cayendo en contradicciones y rodeado de un simulado aparato de poder.

Emilio Portes Gil, Lázaro Cárdenas, Manuel Ávila Camacho y Miguel Alemán vivieron con decoro los años posteriores a su presidencia. Asumieron su papel de ex presidentes e inclusive desempeñaron cargos públicos. Miguel de la Madrid, entrevistado por Carmen Aristegui, deja entrever su arrepentimiento por muchas de sus decisiones. Carlos Salinas no cesa de explicar el famoso “error de diciembre”. Ernesto Zedillo y Vicente Fox llevan una vida normal y productiva.

En este arbitrario y breve repaso, puede verse cómo los hombres que ejercen poder terminan con heridas en el alma y conjugando el subjuntivo: “Si hubiera.” Como bien dijo José López Portillo, quien pasó sus últimos años enredado en conflictos personales, la única carrera sin futuro es la de ex presidente.

O tal vez las palabras de Emiliano Zapata hayan sido una maldición: “Esa silla está embrujada”, exclamó, iracundo, cuando no quiso sentarse en la silla presidencial.

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