Millones de pecadores

Millones de pecadores

Siete mil millones de habitantes en el mundo. Una cifra de espanto. Y, miren ustedes, doña Iglesia se sigue oponiendo terminantemente a cualquier método para controlar la natalidad. Excepto la abstención, esto es. O sea, que hay días en que a tu mujercita solamente le puedes prodigar atenciones, digamos, sucedáneas —o sustitutas o suplentes—, en vez de entrar realmente en materia, si es que no quieres que la consumación plena del acto amoroso se cristalice en un hijo no deseado o, expresada esta circunstancia con mucho mayor tacto y delicadeza, no esperado todavía.

La familia pequeña vive mejor. Pero, curiosamente, son los más pobres los que más hijos tienen. Me parecía a mí, desde el prejuicio, que esto ocurre porque carecen de información y porque les faltan recursos para agenciarse medios anticonceptivos. Pero no: si tu vida está hecha de carencias, imposibilidades y desesperanza, entonces un hijo es el regalo más inmediato, aparte de maravilloso, que te puedes dar. Es, de manera paradójica, el único lujo que se puede permitir la gente que casi no tiene nada.

Ahora bien, si usar un condón —o la píldora del día después o el diafragma o las pastillas anticonceptivas— es un pecado y si, al mismo tiempo, sabemos que los seres humanos no dejan, en lo absoluto, de hacer el amor —es decir, que no se abstienen— entonces podemos afirmar que hay países enteros —mira tú, los más avanzados y los más prósperos y los más modernos— donde la población desafía abiertamente las prohibiciones de Su Santidad y de todos los hombres de la Iglesia. Porque en esos países, justamente, nacen cada vez menos niños. Es decir, los habitantes, por ejemplo, de España y de Italia, se recetan alegremente todo tipo de anticonceptivos. La drástica disminución de la tasa de nacimientos, particularmente en estos dos países mencionados, sería la prueba palmaria de que los fieles desobedecen a sus pastores.

Me parece, con el perdón de ustedes, una situación insostenible. Y le toca a la propia Iglesia terminar con esta doble moral. Pues eso.

Román Revueltas Retes/mileniodiario

Deja un comentario