Recuerdos de nunca

Recuerdos de nunca

En un momento de mi vida en el que me pareció que se me hacía tarde para perder el tiempo en los recuerdos, decidí escribir un diario en el que supuse que podría rastrear luego los términos de mi existencia. Puse empeño durante algunos días y escribí unas cuantas páginas de aquel diario. Desistí cuando pensé que el tiempo que dedicaba a la enumeración de lo que me había sucedido me impedía exponerme a que me ocurriesen cosas nuevas. No negaré que mi resistencia a continuar con el diario fue debida también a que me di cuenta de que lo más relevante que había anotado en aquellos pocos días no era una conversación amena  o un suceso crucial, sino el buen sabor de boca que me había dejado una ración de fabada. Decidí suspender las anotaciones en el diario y romper todo lo escrito hasta entonces. Y seguí dejando que la vida me ocurriese sin preocuparme de transcribirla, persuadido de que las cosas que son importantes se recuerdan luego sin necesidad de anotarlas. Casi nada es tan importante como parece. En realidad la vida está llena de momentos inolvidables que en vano tratamos luego de recordar. A lo mejor resulta que el diario  no hay que escribirlo para llevar cuenta de lo que nos ha ocurrido, sino para ser conscientes de lo que por suerte hemos olvidado. Lo mejor que nos puede ocurrir es que gracias a nuestra mala memoria seamos capaces de recordar aquellas cosas tan hermosas que jamás nos sucedieron. Es gracias a esa visión del pasado que tengo fresco en la memoria el recuerdo de aquel crudo día de noviembre en el que no cabía el agua en la lluvia. Me considero muy afortunado cada vez que pienso en lo azul que tenía la mirada aquella chica con los ojos tan negros.

José Luis Alvite/larazon.es

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