Sexo apócrifo

Sexo apócrifo

No tengo con él una amistad personal que me permita juzgar su carácter, pero juraría que Mariano Rajoy es la clase de hombre preocupado y preventivo que seria capaz de levantarse en invierno antes del amanecer por temor a que por falta de luz se queden dormidos los gallos. Estuve de copas con él una noche de lluvia en Compostela, arrimados a la barra de una discoteca, y por más que me fijé en su expresión no sabría decir si sus pensamientos estaban donde desde luego me consta que estaba su cabeza. Aunque habían dado las cuatro de la madrugada, no aparentaba cansancio, ni me pareció tampoco que estuviese entusiasmado. Mariano tomó tres copas sin inmutarse, sin darle importancia a los tragos. En un momento dado, Mariano hizo un elogio del buen aspecto de las muchachas que bailaban en la pista, pero confieso que no me atreví a seguirle la conversación porque no estuve seguro de que el suyo no fuese un comentario meramente pericial, el elogio que habría hecho de un inmueble cualquier tasador. Ahora sé que habría hecho bien en seguir el tema de las chavalas porque habría conocido mejor al hombre de lo que conocía al político. Reconozco que no esperaba que Rajoy se fijase en las muchachas de la pista, ni que hiciese comentarios sobre su buen aspecto. No es lo que se espera de él, un tipo de aspecto reflexivo y profiláctico al que cuesta imaginar sentado con un frasco de orina en la consulta del urólogo. Pasaron algunos años. Aquel tipo tranquilo es ahora el futuro presidente del Gobierno de España y yo recuerdo haber tomado copas de madrugada en Compostela al lado de alguien con el aplomo apremiante de un estadista y el sexo apócrifo de un obispo.

José Luis Alvite/larazon.es

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