Benito Juárez “vs.” Santorum, Gingrich y los otros

La sociedad estadunidense es absolutamente fascinante. Hago la aclaración de que no estoy hablando de la nuestra, la estadunimexicana (por cierto, ¿algún día le cambiaremos a nuestro país el fachoso nombre que lleva —una copia del de nuestros vecinos inscrita torpemente por prohombres nuestros de antaño que, en ese simple gesto, exhibieron su condición de obsequiosos wannabes imitadores— y le pondremos, mucho más dignamente, cualquiera de los que llevan otros países que son también repúblicas federales —Bundesrepublik Deutschland, por ejemplo— o que se denominan a sí mismos con el nombre que tienen y sanseacabó: Canada, Nederland, etcétera?) sino de la estaduniamericana.

Esa dicha sociedad está conformada, como todas, por individuos muy dispares. Pero, con perdón, los conservadores yanquis se distinguen, a diferencia de todos los demás, por profesar una ideología tan absolutamente trasnochada y arcaica que alguien como nuestro inefable Diego Fernández de Cevallos, por ejemplo, que no tuvo a bien, en su momento, celebrar matrimonio ante un juez del Registro Civil por considerar que Dios, y nadie más, era el único ser autorizado para certificar la unión entre dos mortales, alguien como El Jefe Diego, repito, viene siendo un auténtico liberal si lo comparamos, entre otros extremistas aventajados, con el señor Rick Santorum o con el recién defenestrado Mitt Romney o con el mismísimo Newt Gingrich, personajes, los tres, que compiten para ser designados candidatos del Partido Republicano y que, entre otras cosas, mezclan alegremente los negocios de Dios con los del César, apoyan incondicionalmente la pena de muerte y el uso de las armas por los ciudadanos, desconocen ferozmente las atribuciones del Estado, niegan a Darwin y educan a sus hijos en casa, no en la escuela pública, para que sus cabecitas no se contaminen con ideas y valores que les son ajenos.

Yo miro a esta gente y siento una oleada incontenible de admiración hacia un inmenso personaje de nuestra historia: Benito Juárez. Inmenso, en efecto.

Román Revueltas Retes/mileniodiario

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