Dolor de cabeza

Hablé a primera hora con mi madre y le dolía la cabeza, y a mi portera le dolía la cabeza también, y a Salva, el quiosquero, y a Rosa, la encargada de la barra donde leo el periódico. Los chicos llegaban al instituto con dolor de cabeza y los profesores daban las clases de Lengua y Álgebra y Conocimiento del Medio con un dolor de cabeza insoportable. A mí mismo, por culpa del dolor de cabeza, me hería el brillo de la pantalla del ordenador, de modo que lo dejé todo y me largué al mercado, donde compré un cuarto de quilo de gambas arroceras con dolor de cabeza y una cabeza de cordero con dolor de cabeza. Al mediodía, mientras preparaba el arroz con dolor de cabeza, dijeron por la radio que el Rey se había levantado con dolor de cabeza, lo mismo que la Reina y las infantas y el príncipe Felipe y Letizia, la princesa. Y a Urdangarin la poca cabeza que tenía le dolía también. Dijeron que les dolía la cabeza a los cantantes y a los abogados del Estado y a los miembros de la Conferencia Episcopal, y les dolía la cabeza asimismo, dijeron por la radio, al presidente del Gobierno y al jefe de la oposición y a Llamazares, y a los del grupo mixto, y a Sáenz de Santamaría, y a Luis de Guindos, y a Cristóbal Montoro, a todos les dolía la cabeza, les dolía mucho, como nunca. A la hora de comer habían nacido ya 30 o 40 niños, cada uno con su dolor de cabeza idéntico al de sus madres, que estaban locas de la cabeza, por el dolor. Y a los muertos les dolía la cabeza en el féretro, igual que a sus deudos, y a los municipales y al Cuerpo Nacional de Policía y a los agentes del Centro Nacional de Inteligencia, que no espiaban nada a causa del dolor de cabeza.

 A las seis de la tarde comenzó la reventa de gelocatiles y la chica del tiempo, en el telediario de las nueve, anunció con dolor de cabeza más dolor de cabeza para el sábado.

Juan José Millás/elpais.es

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