Dolor expeditivo

Antes de su traslado a la residencia oficial en una suave colina de Compostela, el presidente Manuel Fraga habitó un viejo chalet a las afueras de la ciudad, en una vecindad en la que la suya no era en absoluto la mejor vivienda. Aunque las comunicaciones por radio eran deficientes, los policías de su escolta estaban tranquilos. Suponían que un terrorista sería incapaz de dar con un lugar al que a duras penas llegaba en verano el cartero que hacia la suplencia. Sus vecinos le consideraban uno de los suyos, sobre todo los domingos, cuando acudía a misa en la iglesia de la parroquia. Un amigo mío residente en la zona me contó que don Manuel era tan puntual, que llegaba a la iglesia minutos antes de que lo hiciese Dios. Y lo mismo ocurría con la llegada a su despacho de San Caetano, donde la suya era con frecuencia la primera luz que se encendía. Don Manuel trabajaba como pocos y meaba menos que cualquiera, lo que para muchos constituía la obvia demostración de que el presidente Fraga tenía menos necesidades fisiológicas que su coche oficial. Sus detractores le acusan de tener un carácter abrupto y despótico y sin duda no les falta razón. Don Manuel era un hombre impulsivo incluso cuando estaba de buenas. Hablaba atropellado, como si tuviese la saliva en alemán. Frente a él nadie permanecía indiferente. Mi trato con don Manuel fue siempre confuso, pero me sirvió para comprender que era la clase de líder con el que sólo cabe que te ocurran dos cosas: que provoque tu lealtad o que te descomponga el vientre. Con motivo de la muerte de mi padre recibimos en casa un telegrama suyo redactado con sorprendente extensión. Mostraba su dolor por la pérdida, es cierto, pero la segunda vez que lo leí me pareció que, además de sincero, el de don Manuel era un dolor expeditivo.

José Luis Alvite/larazon.es

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