La codicia es el peor mal del siglo XXI

Por: Alberto Peláez

¿Cómo era la España de los sesenta? Pobre, muy pobre. Comenzaba a salir del marasmo de la postguerra española. La Península Ibérica estaba aislada, tanto que casi ni los portugueses querían saber nada de nosotros a pesar de que también ellos sufrían una dictadura militar.

La política económica franquista y su fórmula del stop and go facilitó el crecimiento de una clase media poderosa pero que se daba de golpes para poder llegar a final de mes. Aun así, decenas de miles de españoles tuvieron que emigrar a Europa, fundamentalmente a Francia, Alemania, Suiza y Austria. Eran los otros españoles, los valientes, los aguerridos. Aquellos que dejaron a sus familias para poder mantenerlas. Y tuvieron que marcharse ellos, valientes pero humillados porque según decían los europeos, “Europa se termina en los Pirineos”.

Pasaron los años y España se desarrolló a gran velocidad y llegó al Estado de bienestar. Esto ocurrió en los noventa. Fue cuando muchos latinoamericanos y europeos del este del continente vinieron a miríadas pensando en un mundo mejor. Un mundo donde hacer dinero resultaba fácil; donde todo el mundo tenía trabajo. Era la España en la que todo se podía. Se podía tener una casa, se podían tener electrodomésticos, se podían tener coches, se podía viajar. Se podía, se podía. Todo se podía por la laxitud de los bancos y la irresponsabilidad del ciudadano.

Pero todo eso ha cambiado. Hemos dado la vuelta. Hemos girado 180 grados para volver otra vez a la España de los sesenta. En cuatro años nos hemos convertido en un país pobre. No hay dinero y los supra organismos quieren intervenirnos para que no se caiga este país con el que soñamos que fuimos grandes, o más bien, nos lo hicieron creer.

Tras el fracaso de la burbuja inmobiliaria, de que se cayó el servicio, de que se tambaleó el turismo, del que el tejido industrial resulta ínfimo, nos encontramos con una involución inusitada.

Hace años veo cómo los rumanos llegan a España a trabajar. Dejan su país, su familia, sus amigos y se vienen a laborar como máquinas. Durante años funcionaron muy bien. Es más, la migración coadyuvó en un 10 por ciento del PIB.

Pero todo ha cambiado. Ya no hay trabajo ni para ellos ni para los españoles. Sencillamente no hay trabajo. Es más. Todos los días se destruyen mil puestos de labor.

Y todo se ha dado en cuatro años contados. Hemos pasado del octavo país más rico y poderoso del mundo a otro cuya interdependencia con el resto resulta fundamental. México, Brasil, Colombia y tantos otros países latinoamericanos son los únicos que pueden salvar a una España en un Estado de coma en el que comenzó a caer hace casi cuatro años. Porque no nos llevemos a engaños. La España actual me recuerda a la de principios de los ochentas, donde había serios problemas para llegar a fin de mes, donde teníamos una inflación galopante, donde conseguir un trabajo parecía más difícil que ser el protagonista de Misión Imposible.

Pues en ese punto estamos. Por eso cuando veo las imágenes de la Rumania de Ceaucescu a finales de los ochenta, me aterra pensar que podríamos terminar así, como ellos. No desde el punto de vista bélico pero si desde el punto de vista de la pobreza y la falta de recursos.

Hasta ahí nos ha llevado la dichosa codicia que está siendo el peor mal del siglo XXI.

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